Una semana sin usar WhatsApp

Abandonar de forma voluntaria la aplicación de mensajería instantánea puede dejar dos lecciones: por un lado, que es indudablemente útil y, por otro, que se puede volver adictiva hasta un punto patológico
Eran las 10 de la noche de mi primer día sin WhatsApp después de un año y medio de uso. Miré la pantalla y el ícono marcaba que alrededor de 100 mensajes esperaban por ser leídos. Pero por el momento, tendrían que esperar. No usar la aplicación de mensajería instantánea por voluntad durante una semana puede parecer una banalidad para algunos y una complicación para otros, sobre todo para gente de veintipocos años, como yo. Fueron siete días donde el cambio de hábitos me ayudó a darme cuenta qué tan atada a la app estaba.

El mes pasado, una de mis compañeras de trabajo se compró un celular con Windows Phone. Tan mala fue su suerte que le tocó vivir la caída de WhatsApp de la tienda de Microsoft, cuando por problemas técnicos la empresa la eliminó durante más de 10 días. Ella comentó que, sin la aplicación, el celular ya no le servía. Incluso pensaba devolverlo si el asunto no se resolvía pronto. Hasta este punto llega su importancia para algunos usuarios.

Hay grupos de personas en los que todos tienen esta aplicación. En mi caso, por ejemplo, desde mi madre hasta mis profesores de facultad, pasando por amigos y compañeros de trabajo, todos la usan. WhatsApp permite enviar y recibir mensajes entre individuos o grupos mediante diferentes chats. Pero lo mejor es que, de tener una conexión Wifi, no gasta el crédito del teléfono porque no se usan datos móviles.

De fácil enganche


Casi todo se puede compartir allí de manera simple: fotos, videos, audios, contactos y hasta ubicación por GPS. El costo es mínimo (US$ 0,99 por año) y tiene una interfaz muy fácil de usar. ¿Para qué volver a gastar crédito en cada mensaje de texto si esta aplicación lo hace de forma ilimitada?

Así piensan los 500 millones de usuarios que tiene Whatsapp, según datos de abril. Del total, 320 millones la usan a diario. No en vano, este febrero, un gigante como Facebook pagó US$ 19.000 millones por ser su dueño. En palabras del semanario The Economist, fue “el pago más grande por una empresa respaldada por capitales de riesgo”.

WhatsApp y todas las aplicaciones de mensajería a través de internet (Line, Viber, etcétera) facilitaron la conversación constante. Dos o más personas pueden mantenerse al día a la distancia sin necesidad de escatimar palabras. Tampoco es condición ineludible estar sentado frente a una computadora o tener que compartirlo con el mundo a través de Facebook. Es un mano a mano privado e instantáneo.

Tampoco es grave no tener Whatsapp. La gente se comunica y se va a seguir comunicando con o sin esta aplicación. El asunto es que la cambiante vida tecnológica se adaptó a esta herramienta.

Al borde de lo patológico


La decisión de ignorar Whatsapp durante una semana surgió cuando me di cuenta de que vivía pendiente de los mensajes que recibía o de contarle algo a alguien al instante que me pasaba. Lo llegué a usar en clase, en el ómnibus y hasta en el baño (incluyendo la ducha). Cada unos 15 minutos, un reflejo en mi cuerpo se activaba y mi mano iba dirigida al ícono verde del chat, aunque no sonara.

El asunto se empezó a complicar cuando en el segundo día de mi experimento, un viernes de noche, los mensajes se empezaron a multiplicar. Pensé “alguien debe haber hecho un chiste en algún grupo”. Pero los 200 mensajes pasaron a ser 300 y vi que las notificaciones venían de 15 conversaciones, no de una.

El sentimiento de exclusión y aislamiento había empezado a hacer mella. Incluso llegué a considerar en recurrir a alguna trampa. Intenté distraerme y lo logré por un rato, pero los números seguían creciendo. Para peor, decidí cocinar y, mientras veía el color pintoresco del chop suey que estaba preparando, me atacó la necesidad de sacar una foto para mandársela a mis amigos. Pero mantuve la compostura y dejé el celular en el cajón.

En una entrevista con la agencia de noticias EFE, el doctor en psicología de la Universidad del País Vasco, Enrique Echeburúa, llegó a hablar de la adicción al WhatsApp como algo patológico. Un síntoma, ejemplificó, es mandar más de 40 mensajes entre las 10 de la noche y las 2 de la madrugada. Otros pueden ser mirar constantemente el celular en espera de mensajes o controlar la hora de conexión de las personas cercanas para ver por qué no respondieron o simplemente saber a qué hora se conectaron.

“No tenemos cifras, pero probablemente el uso indebido de WhatsApp sea mayor que el de internet”, aventuró el catedrático.

De hecho, 70% de sus usuarios la consultan a diario, lo que, según el creador de Facebook, Mark Zuckerberg, la convierte en la “aplicación más participativa”. Esta puede ser la explicación de que, sin recurrir a la publicidad, el servicio llegara a los 450 millones de usuarios en menor tiempo que Facebook y Twitter.

¿Al margen de la “vida real”?


En un momento del experimento, empecé a perderme las últimas noticias de mi entorno cercano. Si en la semana no hubiera preguntado o llamado, me habría perdido un cumpleaños y nunca me habría enterado de que una reunión que se iba a hacer en mi casa se había cambiado de ubicación. También me habría perdido de saber que una amiga había conseguido trabajo y además, al no poder usar WhatsApp no pude obtener respuesta inmediata a algunas consultas, como un cambio de salón de clase en la facultad o un número de teléfono que precisaba con urgencia.

Tuve que recurrir a las llamadas y los odiosos mensajes de texto. “¿Cuándo vas a volver a usar WhatsApp?”, me dijo algún que otro amigo, hastiado por tener que mandarme mensajes de texto. De hecho, al dejar de usar la aplicación, me di cuenta que hacía muchísimo tiempo que no llamaba a alguien simplemente para conversar.

Otros efectos colaterales fueron que el crédito de mi celular bajó más rápido de lo normal y la batería duró mucho más de lo que lo hacía cuando mandaba mensajes por WhatsApp todo el tiempo. Pero la consecuencia más importante es que me di cuenta de que no necesito saber lo que hace cada uno en cada momento. No me morí por no estar en la última conversación. Incluso sentí cierto alivio de poder aprovechar mis viajes en ómnibus para leer algún libro o prestar atención en clase sin estar pendiente del celular.

Estar en contacto directo e ilimitado con los demás no implica que lo que pasa en ese mundo digital sea “la vida real”. De hecho, la escena de un grupo de gente donde varios se la pasan con el celular es de lo más común hoy. Si bien es algo práctico, el abuso puede hacer que la verdadera realidad pase por en frente mientras uno tiene la cabeza hacia abajo.

Después de una semana sin WhatsApp, en la que superé los mil mensajes sin leer, le tomé cierto desprecio a la interconexión constante. Por eso, la aplicación ya no está en mi pantalla de inicio.

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