Un día con los Glass

Probamos los lentes inteligentes de Google en Montevideo el mismo día en que salieron a la venta para el público general en Estados Unidos. Antes de invertir US$ 1.500 en ellos, deberías leer esto


Dudaba de si salir a la calle con ellos. Los probé un rato largo ensayando los movimientos, que son simples y no difieren a los que introdujeron los smartphones y tabletas. Pero tocar una pantalla es una cosa y deslizar el dedo sobre una patilla de lente es otra.

Frente al espejo, me preguntaba qué pensaría yo si me cruzara por la calle con alguien con semejante aparato sobre la nariz. No hay forma de disimularlos: el prisma sobre el ojo derecho es un imán para la atención y no tienen cristales de sol ni de receta que justifiquen su uso a simple vista. Practiqué hablarles. “Ok, Glass”, les dije fuerte y claro, y aunque me sentí extraña, admito que cada vez que los lentes respondían a mi voz, sentía un pequeño triunfo.

Memoricé el movimiento exacto para encontrar el botón físico, justo al lado de la pequeña cámara de 5 MP. Cargué la batería de los Glass y una extra durante toda la noche, pues ya me habían comentado lo poco que duraba la carga, sobre todo cuando se filma.

Para el desayuno, ya estaba convencida de cruzar la puerta de casa con los lentes inteligentes de Google puestos. Durante el trayecto hacia El Observador, tendría US$ 1.500 en la cara, pero pocos o quizá nadie lo sabría.

Con la luz de día, era difícil ver la pequeña pantalla debido a la falta de contraste. El otro extremo también fue incómodo. En la oscuridad total, se sentía como si te apuntaran con una pequeña linterna en un ojo. Pero la pantalla no interfiere con el campo de visión y no lleva mucho tiempo acostumbrarse a su presencia.

En la pantalla aparece por defecto la hora, pero puede desplegarse el calendario y el clima (solo en grados Fahrenheit). También ahí se pueden ver las fotos y videos que se sacan, leer los correos y acceder a las llamadas, aplicaciones y menú. En definitiva, todo sucede en ese minúsculo cuadrado que parece flotar en el aire.

Por eso, quienes usan lentes con aumento como yo, deberán montarles cristales de receta si quieren enfocar la pantalla. En términos de proporciones, esta es equivalente a mirar una televisión de 25 pulgadas a 2,5 metros de distancia, algo que no haría sin mis lentes “analógicos”.

En el viaje


Ninguna de las cinco personas que esperaba en la parada del ómnibus me miró. Cuando subí, creo que el chofer se vio tentado a preguntar, pero desistió. Hombres y mujeres que pasaron a mi lado miraron con disimulo, pero nadie se animó saciar la curiosidad. Me bajé en la parada de Paraguay y Guatemala algo decepcionada.

Durante el viaje, quise darle a los lentes la orden de tomar una foto, pero no hubo caso. El ruido del ómnibus era demasiado fuerte y no me escuchaban. En estas y otras situaciones estruendosas, no podría redactar correos o hablar por teléfono a un volumen normal, por ejemplo, que son algunas de las bondades de esta tecnología para vestir (wearable).

Pero hay algo que aclarar. Luego de un primer encuentro con los Glass hace un par de semanas, cuando por fin llegaron a mis manos había surgido un inconveniente. Se acababan de actualizar a la última versión del sistema operativo y, cuando se les decía: “Ok, Glass”, no desplegaban el menú de opciones para ordenar acciones como tomar una foto. Aun así, al presionar el botón físico para fotografiar, sí respondían.

Limitados


El software está en inglés, por lo que la barrera del idioma por ahora es un problema en países como Uruguay. Por ejemplo, es posible redactar un correo en voz alta para que los lentes lo conviertan en palabras y envíen, pero los lentes aún no entienden el español.

Siguiendo con el recorrido, cuando llegué a la redacción luego de 15 minutos a bordo del 582, ya había consumido 25% de batería. Había filmado apenas 30 segundos. La poca autonomía de los Glass es otro de los problemas a resolver, puesto que en los dispositivos inalámbricos este ítem es fundamental.

La independencia de los lentes también está limitada por la conexión a internet. No cuentan con 3G o LTE, sino que se conectan vía Wi-Fi, Bluetooth o, en el último de los casos, compartiendo la red del celular. A su vez, hay que emparejar los Glass con el teléfono y esto solo es posible con la aplicación My Glass. Está disponible para Android e iOS, pero se puede descargar solo desde Estados Unidos o con una cuenta de Google Play o iTunes de dicho país.

A pesar de funcionar con iPhone, los Glass se cierran al ecosistema de Google, por ejemplo, dando direcciones a través de Google Maps. Este servicio funciona en Uruguay pero no a la perfección, ya que no todos los puntos del mapa están registrados.

Por otro lado, se pueden descargar aplicaciones aprobadas por Google, como Facebook y Twitter. También hay apps no oficiales para probar, como Scan This, de Layar, que permite escanear cualquier contenido de realidad aumentada. Las hay de todo tipo, desde deportivas hasta de reconocimiento facial, pero están todas en fase beta.

Demasiado caro


Caminando hacia el supermercado, pocos se animaban a mirar directamente y nadie emitió comentarios. En la redacción sí explotó la curiosidad innata de los periodistas (sumada a la confianza), quienes se acercaron a preguntar por los Glass y si podían probarlos. Ver la pantallita por primera vez fue todo un descubrimiento. Hay que mover la cabeza hacia arriba para que el sensor detecte que están en uso. La mayoría, de forma instintiva, cerró un ojo o miró hacia arriba todo el tiempo para ver la pantalla.

El mismo día de la prueba, el martes, Google sacó a la venta para el público general y hasta agotar stock la versión beta de los Glass en Estados Unidos. Hasta entonces, estaban restringidos a los “exploradores”, que debían pagar para tener un par, probarlos y proponer aplicaciones y mejoras. Ahora, casi cualquiera puede tenerlos. Pero no debería.

Por el momento, los Glass son solo un gadget que saca fotos y filma, y para eso están los celulares. Sirven para jugar un rato a vivir en el futuro, pero hoy no valen lo que cuestan. En este sentido, coincido con un artículo de la revista Forbes: Google está ofreciendo Glass para un programa muy caro para un producto incompleto. Si no sos programador o un entusiasta de la tecnología, no vale la pena pagar US$ 1.500 por un dispositivo que no es la versión final. Además, según dicha revista, el definitivo valdrá entre US$ 300 y US$ 500 cuando se lance en el mercado. De hecho, según la consultora IHS, fabricar los lentes le cuesta a Google poco más de US$ 152.

Sin dudas los Glass tienen un gran potencial, no tanto por el hardware sino por las aplicaciones que lo dotan de sentido. Para ser un wearable por excelencia tendrá que solucionar el tema de la autonomía y, para traspasar fronteras, estar disponible en más idiomas. Por el momento, tal vez sea mejor esperar a que llegue el futuro en vez de intentar vivirlo por adelantado a un precio demasiado caro.

 


Explorador uruguayo


El dispositivo que probé esta semana pertenece a Pablo Zulamián, un amante de la tecnología de 26 años que aprovechó cuando Google lanzó los Glass a la venta el 15 de abril. Solo por ese día, se podían comprar en Estados Unidos con una tarjeta de crédito de ese país. Quería el modelo blanco pero ya no quedaban, así que le enviaron los negros y una montura de sol de regalo (por separado valen entre US$ 180 y US$ 200). Pidió el favor a un amigo en Estados Unidos y una semana después tenía en sus manos los lentes inteligentes.

Zulamián dijo que no se arrepiente de haberlos comprado, pero sí del precio que pagó por ellos, que fueron US$ 1.590, impuestos incluidos. Los probó todo el día durante dos semanas, hasta que se aburrió. Según sus palabras, se nota que es un modelo beta y en Uruguay, opinó, es “todavía más beta” por la limitación del idioma, sobre todo. Aun así, descargó todas las aplicaciones que pudo, oficiales o no. Su consejo para los usuarios uruguayos es que “no se compren los Glass ahora”, que esperen la versión definitiva y más barata.

El uruguayo trabaja en bienes raíces. Le interesa la tecnología, en gran parte para aplicarla al negocio. Desde 2010, ha invertido en Kickstarter cerca de US$ 5.000, en un total de 51 proyectos. Tiene un Pebble, una impresora 3D y a fin de año recibirá otra. También es dueño de un iPhone 5S, una Macbook Pro, una Galaxy Tab, una banda Nike Fuel y más.

Zulamián queda “a las órdenes” para aquellos desarrolladores uruguayos que estén interesados en probar sus Glass y trabajar sobre ellos. Pueden contactarlo a través de su cuenta de Twitter, @pzulamian. Él mismo tiene pensadas varias ideas para estos lentes, que imagina por las calles uruguayas en unos dos años.


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