Punto Nemo, el cementerio espacial del Pacífico

Allí descansan 161 restos de naves y satélites que se despedazaron al reingresar a la atmósfera
Punto Nemo, bautizado por el famoso capitán de Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne, es el rincón más alejado de cualquier costa: 2.688 kilómetros lo separan de la isla Ducie, hacia el norte. Hacia el noreste se encuentra Moto Nui, una de las islas de Pascua; mientras que hacia el sur se llega a la isla Maher, parte de la Antártida. La distancia es más o menos la misma en cualquier dirección. Es la parte más remota del Océano Pacífico.

Allí se encuentro un verdadero cementerio espacial que se extiende por miles de kilómetros en cada dirección. Al fin y al cabo, reingresar a la atmósfera es un proceso violento y sumamente destructivo como pudo vivir en carne propia el carguero no tripulado ruso Progress M-27M.

Esta locación es el hogar de 161 restos de objetos espaciales. Entre ellos, partes de seis estaciones rusas Salyut –la Salyut 1 es considerada la primera estación espacial internacional y su lanzamiento ocurrió en 1971– y Mir, la que fue destruida de forma controlada en 2001, después de 15 años en órbita. La porción más grande pesaba 143 toneladas, pero al final de la caída, solo llegaron a Punto Nemo escombros de no más de 20 toneladas. La zona también alberga los cargueros que transportaban los suministros para sus tripulaciones, cuatro naves de carga japonesas y cinco de la Agencia Espacial Europea (ESA).

Un vehículo de transferencia automatizado de la ESA, llamado convenientemente Julio Verne, descansa en Punto Nemo después de romperse a 75 kilómetros de altura, el 29 de setiembre de 2009. La caída de sus restos demoró 12 minutos en salpicar el Pacífico.

Las piezas se encuentran a cuatro kilómetros de profundidad –en el límite entre las zonas batial y abisal del océano–, donde habitan esponjas, estrellas de mar, calamares, pulpos y peces víboras, en un ambiente oscuro y donde la temperatura no sube de los 4 grados.

Alerta


Cuando se puede –no como sucedió con Progress M-27M que se desintegró sobre el Pacífico el 8 de mayo–, los operadores planifican el destino final de las naves y satélites. Antes de que se despedacen en la atmósfera y caigan hacia la superficie, la agencia espacial correspondiente envía una notificación a las autoridades marítimas y aéreas de Nueva Zelanda y Chile, los dos países responsables de esa franja del océano. La lejanía de Punto Nemo la hace seguro de que no representa ningún riesgo para los humanos.

Los gobiernos están obligados a emitir alertas a sus pilotos y a los buques mercantes que transitan la zona, aunque el tráfico es casi inexistente.

"Incluso en las entradas controladas, no existe un punto exacto para el aterrizaje punto", explicó Holger Krag, jefe de la Oficina de Desechos Espaciales de la ESA, a finales de 2013, justo antes de que el tercer vehículo de transferencia automatizado, llamado Edoardo Amaldi, se uniera a sus predecesores en el profundo mar.

Los operadores de vuelo rusos habían perdido el control de Progress horas después de su lanzamiento. El carguero espacial debería haberse acercado el 28 de abril a la Estación Espacial Internacional (EEI) para abastecerla, pero fracasó en su misión.

¿Y qué pasa con los satélites colocados en una órbita alta? Estos son enviados a un cementerio ubicado a 320 millas por encima del satélite activo más lejano de la superficie, es decir, a más de 36.000 kilómetros de la Tierra.

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