¿Por qué comemos pop en el cine?

Un libro explica desde la sociología y la economía la relación intrínseca que existe hoy entre este "snack" dulce o salado y la industria cinematográfica
Cine y pop son dos palabras que, aunque no tengan relación etimológica alguna, van de la mano. Sentarse en una butaca a ver una película y no tener en la mano una caja del delicioso snack (o a alguien al lado a quien sacarle un puñado cada pocos minutos) es impensable para muchos. Sin embargo, el pop y el cine no siempre tuvieron esa relación incondicional.

En su libro Popped culture: a social history of popcorn, el autor Andrew Smith intenta explicar desde la sociología y la economía las causas que llevaron al pop directo a las salas de cine estadounidenses. De hecho, según recoge el blog de la revista Smithsonian, esta "simbiosis entre lugar y gusto" fue la responsable de salvar a la industria del cine durante la Gran Depresión que vivió Estados Unidos a partir de 1929.

El pop hizo su aparición en la historia varios años antes. El tipo de maíz del que se produce, existente desde hace unos 8.000 años, viajó en el siglo XIX desde Centroamérica a Estados Unidos, donde se hizo popular rápidamente. El popcorn ingresó al Diccionario de Americanismos (1848) y comenzó a hacerse presente en circos, ferias y eventos deportivos. De hecho, explica el autor, el pop parecía faltar solo en las salas de cine.

Según Smith, una de las razones del éxito del pop fue la movilidad de las máquinas que lo fabrican, creadas en 1885. Esta posibilidad atrajo a los vendedores ambulantes, que se apostaban a la entrada de los eventos para deleitar a los concurrentes. Además, el pop podía producirse en cantidades masivas sin necesidad de una cocina, una ventaja que no tenían otros snacks rivales, como las papas fritas. El olor delicioso que inundaba los alrededores donde se preparaba también funcionaba como atractivo para transeúntes y concurrentes. Pero el cine todavía no abría sus puertas al pop.

Smith explica que los dueños de los cines de esa época intentaban replicar a las salas de teatro contemporáneas. Iban detrás de un público perteneciente a una clase que apreciara las bellas alfombras y butacas, en otras palabras, que no las ensuciara con el pegoteado pop. Además, el ruido que se hace al masticar este aperitivo resultaba demasiado molesto durante una película muda, que recién incorporaría sonido en 1927. Cuando eso sucedió, los cines vieron como a sus salas acudían más personas, ya que no era necesario leer para ver películas. El público crecía, pero todavía no se comía pop en la sala.

El momento justo


Fue durante uno de los peores momentos de la economía estadounidense cuando las palomitas de maíz hicieron su entrada triunfal por las puertas del cine. En medio de la crisis que significó la Gran Depresión de 1929, el pop se convirtió en una gran oportunidad. Las bolsas eran baratas para espectadores (valían entre 5 y 10 centésimos de dólar) y pequeños emprendedores.

El cine en sí era una diversión que no era cara para los estadounidenses durante esa época oscura, por lo que los vendedores ambulantes compraron sus propias máquinas para hacerlo y se instalaron en la puerta de los cines. Sin embargo, algunos prohibían ingresar con paquetes de este snack, según indicaban carteles a la entrada.

Aunque los primeros cines no tenían la infraestructura necesaria como para albergar máquinas de hacer pop, los dueños ya no podían ignorar el atractivo económico de este manjar dulce o salado. Así, permitieron venderlo en el lobby del cine, cobrando a los vendedores una tarifa diaria. Más tarde, se dieron cuenta de que el verdadero negocio estaba en eliminar a los intermediarios. Colocaron puestos de venta adentro, en concesión. Según explica el autor, fue así como muchos cines sobrevivieron a la crisis.

La pelea del pop


Otro evento desafortunado fue una buena noticia para la industria del pop: la Segunda Guerra Mundial. Esta llevó a la escasez de azúcar en el país, perjudicando la producción de snacks competidores, como los caramelos.

Ya en 1945 el pop y el cine eran un matrimonio, recoge el blog de Smithsonian. Incluso se incorporaron pausas en medio de las películas para ir "todos al lobby".

Con la llegada de la televisión en la década de 1950, la venta de pop comenzó a decrecer. En concreto, la gente iba menos al cine, porque se quedaba en casa viendo la pantalla chica. Luego, llegaron los paquetes de pop instantáneo y el microondas, y las personas pudieron tener su propio cine en el sillón de sus hogares.

Aún así, hoy el pop es tan importante para la industria como lo fue para los viejos cines, explica el autor en su libro. Hoy los cines obtienen cerca del 85% de lo que se vende de palomitas de maíz y esas ventas a su vez constituyen el 46% de las ganancias totales.

Y aunque fue todo un proceso llegar a la época actual, las nombradas por Smith parecen ser las causas por las cuales ir al cine y no comer pop parece un acto antinatural.

Acerca del autor

Comentarios