Narciso es el rey en el mundo digital

El boom de las redes sociales y los dispositivos móviles está generando un debate en torno a su incidencia en la relación que tienen las personas consigo mismas y con los demás
A casi dos décadas de aparición de internet en los hogares, es un hecho que las nuevas tecnologías han causado profundas mutaciones en la mayoría de ámbitos de la vida social. La educación, la política, la salud, el comercio y las relaciones humanas han experimentado cambios que, sin duda, son positivos. Sin embargo, estos también han traído ciertos desequilibrios o prácticas que no han sido recibidos con tanto optimismo.

Ejemplo y personificación de este cambio de perspectiva es Sherry Turkle, profesora de psicología del MIT, quien en 1995 publicó Life on screen (“La vida en la pantalla”). En su libro analizaba desde su especialidad las primeras experiencias de vida en línea, aunque en ellas no supo ver unos peligros que este año plasmó en el libro Alone together. Why we expect more from technology and less from each other (“Solos y juntos. Por qué esperamos más de la tecnología y menos de los demás”).

Esta obra se une a una creciente tendencia crítica respecto de la vida digital, que se ha agudizado en los últimos años con el boom de las redes sociales.

Estas redes sociales, en la medida en que forman parte de la cotidianeidad, modifican profundamente la vida y las relaciones de quienes las utilizan. Los datos son arrolladores: una de cada 13 personas en el mundo es usuario diario de Facebook. De entre los usuarios de 18 a 34 años, casi la mitad entra a la red social de Mark Zuckerberg minutos después de despertarse y el 28% lo hace antes de irse a dormir.

Las personas están cada día más comunicadas, pero de forma menos profunda. Ya lo dijo Nicholas Carr en su libro Superficiales. ¿Qué le está haciendo internet a nuestros cerebros?: con internet se lee más, pero en lugar de bucear en los textos, se surfea por ellos, pasando de uno a otro sin prestar demasiada atención a los contenidos en sí. Esta misma idea se puede retomar para hablar de las relaciones humanas en la era digital.

Solos en la multitud


El escritor y periodista Stephen Marche escribió en la revista estadounidense The Atlantic que se vive en una acelerada contradicción: cuanto más conectadas están las personas, más solas se sienten. Nunca antes habían sido tan accesibles, pero a la vez, viven en un aislamiento que habría sido inimaginable anteriormente.

Estar más conectados no es sinónimo de estar más acompañados. Eric Klinenberg, sociólogo de la Universidad de New York, afirma que muchas investigaciones muestran que la soledad está más asociada a la calidad que a la cantidad de interacciones sociales. Parece que está en el genoma digital: en la década de 1990, los académicos bautizaron la contradicción entre la mayor oportunidad de conectividad y la falta de contacto humano como “la paradoja de internet”.
Comparto, luego existo”, es la nueva forma de ser en la era digital según Turkle

Esta realidad gana en matiz con la popularización de las redes sociales y la ubicuidad de las conexiones. Turkle afirma que estos pequeños aparatos de bolsillo son tan poderosos que no solo cambian lo que las personas hacen, sino también lo que son, conformando una nueva forma de ser. La autora lo resume en tres palabras: “comparto, luego existo”. Se usan las tecnologías para definir a las personas, compartiendo pensamientos y sentimientos.

Como escribe Turkle, las tecnologías proveen de la ilusión de la compañía, es decir, de ilusorias relaciones de “amistad”, sin la demanda que implican las relaciones tradicionales. Los nuevos medios permiten evitar la parte exigente y entreverada de las relaciones de toda la vida, para “limpiarlas” de aquello que pueda resultar molesto o incómodo. En ello, tiene mucho que ver el paso de la conversación a la conexión.

Si la conversación remite a compartir en el sentido más amplio de la palabra, la conexión representa todo lo contrario. Y con el ocaso de la conversación, se pierden necesarios procesos ligados al aprendizaje por relación con el otro, y el autoconocimiento que esto implica.

Ser en las redes


Las formas en que se relacionan las personas no es lo único que cambia en este escenario. Como resalta Turkle, en internet se comparten versiones auto-editadas de las personas. Los chats, los correos electrónicos, los posts en Facebook o los blogs habilitan a las personas a proyectarse digitalmente de forma calculada.
Se puede argumentar que Facebook gratifica especialmente la necesidad del individuo narcisista de tener comportamientos superficiales y de autopromoción”, indica una investigación

Parece una distopia de ciencia ficción. Jaron Lanier, uno de los inventores de la tecnología de realidad virtual, dice temer que las personas estén empezando a diseñarse para encajar en un modelo digital de ellas mismas, y teme también que se esté dejando la empatía y la humanidad en este proceso. Facebook carga a las personas con la responsabilidad de autopresentarse y esto, a su juicio, es una parte negativa crucial e inaceptable.

Podrá ser exagerado, pero está demostrado que la dinámica en la que las personas se muestran en las redes sociales tiene consecuencias psicológicas. Una investigación realizada en Australia concluyó que los “usuarios de Facebook tienen niveles más altos de narcisismo, exhibicionismo y protagonismo, que la gente que no está en la red social. De hecho, se puede argumentar que Facebook gratifica especialmente la necesidad del individuo narcisista de tener comportamientos superficiales y de autopromoción”.

El contrapunto


La llegada del teléfono o la radio debieron ser entendidas en su momento como una invasión a la vida y las relaciones familiares. La popularización de la novela cambió radicalmente la forma en la que las personas se pensaron a sí mismas y, sin ellas, las sociedades y subjetividades actuales serían muy distintas a lo que son hoy.

Cuando los procesos de cambio como el que se está registrando empiezan a suceder, suelen verse de forma dramática. Por suerte, el tiempo siempre termina demostrando que, por más que se modifiquen las formas de relación, la esencia del ser humano es siempre la misma. Está en la configuración biológica.

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