M'hijo el programador

El mercado laboral ruega por ellos, pero los desarrolladores de software no abundan. Sin embargo, en Uruguay, iniciativas como el Plan Ceibal ponen a la programación en el radar de los jóvenes, mientras se acercan a un sector con desempleo cero y sueldos prometedores


Si Florencio Sánchez fuera de esta época o de una un poco más lejana, el drama rural que lo llevaría a la fama sería uno urbano, que en vez de “dotor”, se llamaría M’hijo el programador.

Este escenario hipotético jamás podrá comprobarse, pero sí existen razones para imaginarlo. El dramaturgo escribió la obra en 1903, cuando la programación como hoy la conocemos no existía, porque no había nada digital que programar. No existían los celulares ni los smartphones, computadoras ni tabletas, y mucho menos televisores o relojes inteligentes. Florencio Sánchez no pudo prever que en algún momento de la historia las carreras tradicionales de antaño podrían compartir prestigio y alta remuneración con una profesión vital de un siglo que no llegó a conocer: el de programador.

Pero incluso hoy el trabajo de los programadores no es el más popular. Aunque el siglo XXI sea el de la Sociedad de la Información, la persona que se sienta frente a una computadora a escribir ciertos códigos que para un simple mortal no tienen sentido alguno, suele pasar por un nerd que hace algo difícil y hasta se los confunde con excéntricos hackers (si bien algunos lo son).

Pero el trabajo de los developers puede simplificarse en pocas palabras: son quienes escriben las instrucciones para que una máquina (desde celulares hasta computadoras y TV) funcionen. Es decir, escriben el código fuente de un programa informático que luego el hardware ejecuta para realizar una tarea. En definitiva, “hablan” otro lenguaje (uno lleno de símbolos, corchetes, comas y números) y las computadoras los entienden. Así, pueden desarrollar aplicaciones y otros programas, la parte vital de un dispositivo, aquello detrás del diseño que no se ve. Por ejemplo, dan la orden de que el puntero que mueve el mouse se desplace sobre una web, o hacen que funcione la adictiva app de juegos Candy Crush, o YouTube, o Word.

Profesión soñada


Mark Zuckerberg, creador de Facebook; Evan Williams, cofundador de Twitter; Nick D’Aloisio y David Karp, ambos desarrolladores de una app (Summly) y un sitio (Tumblr) que vendieron a Yahoo este año por miles de millones, son algunos de los paradigmas de esta profesión: jóvenes programadores que se animan a lanzar su propio emprendimiento y se vuelven, de la noche a la mañana, millonarios.

Aunque se trate de los casos más afortunados, la idea de que programar da plata no es descabellada. En Uruguay, un programador gana unos US$ 1.500 nominales promedio, según datos de la Cámara Uruguaya de Tecnologías de la Información (CUTI). Con el tiempo, puede llegar a cobrar un sueldo cuatro veces más alto, aunque dependerá de la empresa y de sus responsabilidades.

Además de una paga jugosa, los programadores corren con otras ventajas propias de la industria, considera la gerenta general de CUTI, Andrea Mendaro. Por ejemplo, la posibilidad del teletrabajo, tanto para el país como para el exterior. Además, como el título no es habilitante y existe sobreoferta, los estudiantes comienzan a trabajar antes de recibirse.

De hecho, según el decano de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la República, Héctor Cancela, los jóvenes se insertan en el mercado laboral poco después de comenzar los estudios, lo que muchas veces los lleva a desertar para dedicarse de lleno al empleo. Según Cancela, muchos de los hombres, sobre todo, llegan atraídos por el alto porcentaje de inserción laboral.

Por eso, la facultad incorporó carreras más cortas que las de ingeniería en computación, como la licenciatura (4 años) y el título intermedio de analista programador. Incluso existen cursos de tecnólogos, como el virtual de testing, que forma a estudiantes para reconocer y corregir errores en los programas.

Una opción más


En Uruguay, el Plan Ceibal tiene su gran cuota de responsabilidad por poner en el “radar” de los más pequeños la programación como una opción más. Herramientas amigables para aprender a programar, como Scratch (incluida en las cerca de 600 mil XO que hay en el país) hacen que la programación se integre al abanico de posibilidades.

Según el ingeniero industrial, docente, informático y escritor Juan Grompone, el Plan Ceibal ha logrado la inclusión digital (algo mucho más básico que programar), y consiguió que algunos se interesen por cómo funciona una computadora: “Hace que buena parte de los jóvenes que en otra época no se hubieran interesado por el tema, tengan la posibilidad de hacerlo. Se explota un interés que podría no haberse descubierto”.

Tal es el caso de Agustín Zubiaga y Daniel Francis, dos programadores uruguayos de 15 años. Si bien su curiosidad por las computadoras se gestó desde muy pequeños (del primero porque su madre es profesora de informática), ese interés se despertó del todo cuando la ceibalita llegó a sus manos.

Aunque en ese entonces no se conocían, ahora son amigos y trabajan juntos de forma honoraria para Sugar Labs, una plataforma colaborativa que desarrolla aplicaciones para las XO de One Laptop Per Child (OLPC) y otros dispositivos. Ambos se iniciaron en el mundo de la programación a los 12 años, y tres años más tarde ganaron un concurso internacional de desarrolladores de Google. También han trabajado para OLPC, e incluso Daniel está escribiendo su propio lenguaje de programación. En el caso de estos adolescentes no es el dinero que ganarán el motor de su interés; ni siquiera el hecho de haber ganado un concurso que, en el caso de Agustín, lo llevó directo a conocer las oficinas de Google en California. “Estoy enfocado a aprender, a conocer gente que sepa y a hacer contactos”, aseguró.

De hecho, la posibilidad de ser autodidactas en gran medida (gracias a las herramientas online para programar y comunicarse con otros developers) y el nivel de colaboración que existe en comunidades como Sugar Labs reafirma la idea de que programar ayuda a “aprender a aprender”. Es decir, desarrollar videojuegos, por ejemplo, no solo tiene como resultado un producto de entretenimiento, sino que se perfila como central para la educación por fomentar otro tipo de habilidades, útiles para todos los aspectos de la vida. “Todo el mundo debería aprender a programar porque nos enseña cómo pensar”, creía el gurú de Apple, Steve Jobs.

“El joven que se mete en tecnología por lo general era un usuario que se convirtió en programador porque no le gustó lo que vio y quiso manipularlo él mismo”, dijo Bernardo Manzella, quien coordina en Uruguay el área de reclutamiento de la firma mundial de software e innovación, Globant. Allí, la mayoría de los 370 empleados son menores de 27 años.

“Ojalá no sea una moda, que no sea algo pasajero”, deseó Mendaro, y aseguró que incluso para los indecisos que no encuentran una vocación, “si estudian TIC no perderán el tiempo”.

Sea por “amor al arte”, como el caso de Agustín y Daniel, por la promesa de un sueldo abultado o por mero descarte, todo indica que cada vez habrá más programadoresy que lograrán, con el tiempo, dar un giro a la historia que todavía no se escribió.

 


Jóvenes, uruguayos y programadores


 

Agustín Zubiaga. Empezó a programar a los 12 años luego de probar una XO. Hoy tiene 15 y ganó un concurso de desarrolladores de Google. Programa para Sugar Labs.

Daniel Francis. Acaba de cumplir 15. Empezó a programar hace tres, “sin darse cuenta”, atraído por las ceibalitas. Desarrolla para Sugar Labs y fue pasante en OLPC.

Itay Brenner. Se inició en la programación como autodidacta a los 14 años, con sitios webs. Hoy tiene 19 y desarrolla apps para su propio emprendimiento, Itaysoft.

Joaquín González. Con 20 años ingresó a Globant. Con 23, es de los más chicos allí. A los 16 creó sus primeras líneas de código; es analista programador y estudia diseño.

Bruno Barbieri. A los 8 años empezó a hacer páginas webs en Windows 5. Más tarde estudió formalmente, “un viaje de ida”. Hoy tiene 25 y trabaja en YourListen, de Miami.

 

Cuatro lugares virtuales donde estudiar programación


 

Codeacademy. La plataforma gratuita tiene más de 5 millones de usuarios de todo el mundo y todas las edades, que participan de cursos online (hay en español). No se precisan conocimientos previos para aprender, por ejemplo, el lenguaje Ruby.

Hacé Click. La iniciativa de la Cámara Uruguaya de Tecnologías de la Información (CUTI) ofrece cursos online en distintas áreas a mayores de 17, incluyendo programación en diferentes lenguajes, como Java y Genexus.

Plan Ceibal. Ofrece un curso virtual de cinco semanas para que jóvenes de entre 12 y 17 años puedan acercarse al mundo de la programación de videojuegos a partir de la herramienta Scratch, que viene en las ceibalitas.

LearnStreet. Es una plataforma (en inglés) para aprender y enseñar programación en lenguaje Phyton, JavaScript, Ruby, a través de lecciones online interactivas que se pueden ver directamente desde el navegador.


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