Los otros habitantes de la Antártida

Pingüinos, elefantes marinos, focas y la intimidante skúa son algunos de los protagonistas del paisaje blanco y helado. Uruguay es uno de los países que colabora para conservarlos


Así de inhóspita como parece, la Antártida está llena de vida. No solo porque los seres humanos se instalaron y construyeron sus bases, sus aeropuertos y caminos, sino porque el paisaje (que todo el tiempo parece una postal) incluye animales que nacen, crecen y se reproducen en el continente y sus islas.

La evolución se encargó de adaptar sus cuerpos para resistir el frío y alimentarse de lo que la Antártida tiene para ofrecerles. Grandes mamíferos como los elefantes marinos, el ave depredadora skúa y el gaviotín antártico (que en su comportamiento se asemeja mucho al tero uruguayo) y las diferentes especies de pingüinos y ballenas, alternan mar, cielo y tierra para vivir en este lugar tan al sur.

En el caso de la Isla Rey Jorge, parte de la Antártida peninsular donde se encuentra la Base Científica Artigas, es el glaciar Collins el que determina el ecosistema terrestre. Este cubre cerca del 70 por ciento de Rey Jorge y su tamaño es similar al del departamento de San José. Así lo explicó el MSc. en Ciencias Biológicas y oceanógrafo Óscar Pin, que llegó el fin de semana pasado junto con la delegación uruguaya para el cambio de mando y relevo de Dotación en la base uruguaya.

Pin pertenece al Área de Recursos Antárticos de la Dirección Nacional de Recursos Acuáticos (Dinara), que en 2001 comenzó a trabajar junto al Instituto Antártico Uruguayo (IAU) en un programa para relevar desechos marinos y evaluar las poblaciones de mamíferos marinos pinnípedos en áreas de la isla.

Pin es además delegado uruguayo en la Convención para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCRVMA), que desde 1978 busca reunir información no solo de las poblaciones de animales en esta zona, sino datos que ayuden a medir el impacto de la acción humana en la Antártida. Es la séptima vez que el biólogo de Dinara viene a la isla para colectar muestras y realizar observaciones de las diferentes áreas, para luego enviar un informe. En definitiva, el objetivo es obtener datos sistemáticos e históricos con los que se puedan diseñar medidas para la conservación de las especies y los ecosistemas, así como políticas de impacto ambiental.

Así, el biólogo uruguayo busca, por ejemplo, restos de redes de pesca o animales con anzuelos enganchados que delaten la pesca ilegal, contra la cual se ha avanzado mucho en los últimos años, aclaró. De hecho, Pin también se encarga de subir a los barcos pesqueros para inspeccionarlos, por lo que no es muy querido entre los que pretenden explotar los frutos del mar de forma ilegal. Manchas de combustible sobre los animales, plásticos flotantes y restos de espuma plast son otras alteraciones que reflejan la acción humana en el ecosistema, que no es explotable por ser un área protegida (salvo por la pesa legal, que está regulada). En concreto, los muestreos y observaciones se realizan en áreas que son “testigo” de la acción humana, ya que por su orientación reciben objetos desde todo el océano. Además, son consideradas zonas prístinas, por estar alejadas de las bases antárticas.

El espectáculo del Drake


Una de ellas es la Bahía de Drake, que debe su nombre al pirata que se escondía allí debido a que es difícil acceder a ella. Con esa idea como advertencia, Pin guió a un grupo reducido de personas hasta allí. Él fue para hacer su trabajo, el resto fuimos a sacar fotos espectaculares y a disfrutar de un paisaje al que muy pocos suelen llegar. No hay caminos marcados que guíen al carrier (un vehículo donado en 1996 por la base estadounidense, que cuenta con un poderoso motor Mercedes 300). De hecho, muchas veces la capa de nieve es tan densa, o el riesgo de pisar un lago o cauce de agua cubierto es tan grande, que los pasajeros deben seguir a pie. No fue el caso de quienes salimos el lunes a conocer la bahía. Por fortuna, el carrier pudo abrirse paso hasta el último momento y nos dejó allí, frente al paisaje impresionante.

El mar Antártico entraba en forma de “U” sobre la costa. A los costados, las montañas blancas completaban el escenario para un montón de elefantes marinos (Mirounga leonina) que dormían unos sobre otros. La falta de viento y el sol fuerte (más dañino que en Uruguay debido a que aquí la capa de ozono es más débil) hacían relativamente fácil caminar de forma lenta y encorvada para avanzar muy cerca de los animales. Esa fue la primera advertencia de Pin, que pidió a quienes lo acompañamos guardar silencio en todo momento para no espantar a los animales, y caminar como agachándose, ya que la posición vertical les resulta una amenaza. Otra medida de seguridad fue no interponerse jamás entre el animal y el mar. Es que en tierra son muy torpes y, de sentirse en peligro, atinarán a tirarse al agua, por lo que pueden envestir a la persona o incluso atacarla.
Hay cierto grado de alteración del ecosistema”, afirmó el oceanógrafo Óscar Pin

Por suerte, nada de eso pasó. Ya sea porque la delegación acató las recomendaciones al pie de la letra, o porque los elefantes marinos estaban demasiado tranquilos aprovechando el sol, pudimos acercarnos a tan solo metros de estas criaturas (ver video), que están cuarteadas por las peleas entre ellas, por lo general de dos machos que se enfrentan por una hembra. Sobre la nieve no había huellas humanas sino las hieleras anchas que anunciaban que estos gordos pero veloces animales habían pasado por allí. Los machos pueden medir hasta seis metros y pesar unas cuatro toneladas. Incluso un pingüino curioso apareció entre los elefantes marinos y se acercó a nosotros . Varios gaviotines antárticos, de plumas blancas y cabeza negra, también volaban sobre nuestras cabezas, seguramente vigilando sus huevos camuflados entre las piedras (esta especie no construye nidos).

Pero sin lugar a dudas los elefantes marinos fueron protagonistas del espectáculo. De hecho, se suele ir allí para encontrarse con ellos. No tuvimos oportunidad de ver, sin embargo, las otras especies de mamíferos marinos que habitan estas aguas: la manchada foca de Weddell (Leptonychotes weddellii, que el día anterior habíamos visto camino a la roca de la Catedral, sobre el pie del Glaciar Collins), y el lobo marino antártico. También se puede llegar a ver algún leopardo marino (Hydrurga leptonix), más grande y más agresivo, pero estos solo llegan de paso. Son grandes depredadores de la foca cangrejera, que no abunda en esta zona.

Otros habitantes del mar, además del krill (una de las principales fuentes de alimento de estos animales), la carísima merluza negra y el diminuto plancton, son las ballenas. En la bahía de Maxwell, que es sobre la que tiene costa la base uruguaya, vimos durante los primeros días en la isla a la ballena jorobada. Los adultos enseñan y protegen a sus crías en esta zona, considerada de nursery para ellas. A su vez, llegan para alimentarse de krill.

También nadan aquí, aunque en menor cantidad, la ballena franca y la austral. Todas ellas se distinguen según el tamaño y forma de su cola y por el tipo de chorro, explicó el biólogo Pin. También se han visto orcas en esta zona, aunque viven más hacia el continente, donde se alimentan de focas cangrejeras y de otras especies.

Sobre la costa se ven algas kelp (Macrocystis spp.), que en el fondo del mar forman verdaderos “bosques sumergidos”, dijo el biólogo y oceanógrafo. Se trata de algas marrones y rojizas, con elementos de fijación e incluso hojas. Algunos moluscos de forma cónica considerados “fósiles vivos”, por ser los más primitivos aquí, también se ven sobre las piedras, limadas y moldeadas por la acción del mar y del hielo.

Además de gaviotines antárticos surcan el cielo las skúas, unas aves grandes y depredadoras de huevos y hasta de pequeños animales, como pichones de pingüinos. Algunas de ellas fueron marcadas para su seguimiento, para lo que se les coloca anillos en las patas. Es el caso de la que aparece en la ventana de la cocina de la base Artigas, pidiendo restos de comida mientras mira para adentro con graciosa insistencia.

También muy cerca de la base aparecen pingüinos que realizan, aunque sin quererlo, verdaderos shows para sus admiradores. Los hay de tres especies: de antifaz o barbijo (Pygoscelis antartica), Adelia (Pygoscelis adeliae) y papúa (Pygoscelis papua). En esta época están buscando pareja. “Son muy románticos”, bromea Pin, que explica que cuando nazcan los pichones los padres deberán apurarse para enseñarles a nadar, comer y sobrevivir antes de que llegue el invierno.

En cuanto a la flora, la Antártida no es en vano el continente blanco. Solo los líquenes, musgo y algunos hongos crecen en la superficie. De hecho, la Antártida es el lugar de los microorganismos, que no se ven.

Conservarlos


“Hay cierto grado de alteración del ecosistema”, afirmó Pin, que añadió que “no podemos decir que el área (en este caso refiriéndose a la Bahía de Drake) está absolutamente prístina o virgen”. Sin embargo, hay quienes son críticos respecto a los muestreos e informes de la CCRVMA, para la que Uruguay colabora desde 2009. Alegan que las muestras y observaciones de estas áreas no son representativas de un continente que tiene un perímetro equivalente al de Sudamérica.

Aun así, la Convención (Uruguay incluido) trabaja para monitorear el impacto que estamos teniendo las personas en este lugar de ensueño. Porque, en definitiva, los seres humanos aquí son huéspedes. Conocer permite cuidar, y cuidar ayudará a conservar a los habitantes originales de la Antártida.

 


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