Los hijos de internet

El psicólogo Roberto Balaguer da las claves para entender cómo y hasta qué punto la tecnología moldea las mentes
Para los jóvenes, la red es como el oxígeno: está ahí, sin que la perciban de forma consciente, porque nacieron en los brazos de internet y no conciben un mundo sin ella.

Son los nativos digitales, los hijos de unos padres que han tenido que migrar al mundo tecnológico. Pero ambas generaciones naufragan en una nueva matriz cultural revuelta.

Es esta nueva cultura la que formatea nuestras mentes. “A los que recién nacen les pone su impronta y a los que tenemos algún año más nos hace cabalgar entre un mundo y otro”, explica el psicólogo Roberto Balaguer.

Y es esta la razón por la que su libro, La nueva matriz cultural, cabalga entre el entendimiento de un mundo inédito, regido por reglas de tiempo –como la de los 140 caracteres de Twitter– y la advertencia. Porque avanzar significa ganar y perder, y hay que lograr un equilibrio entre los dos extremos.

El escenario


Si bien este libro podría ser un manual para entender por qué cada generación piensa y actúa de distinta forma, en realidad, La nueva matriz cultural cuenta una historia. Es la historia después de Google, Twitter y Facebook, la historia de todos esos lugares viviendo en el celular, en la tableta, de la memoria con base en la nube, del zip.

Este contexto tecnocultural tiene, a su vez, unos protagonistas. Los nativos digitales, también llamados generación de la pantalla o de la red, entre decenas de términos, que son todos aquellos que nacieron de la década de los 90 en adelante.

Y están los inmigrantes digitales, nacidos antes de esa fecha y que se ven obligados a migrar hacia un mundo que no conocieron en su infancia, adolescencia o juventud.

Escribir hablando


El mundo en el que rige esta matriz cultural es el de la “segunda oralidad”, donde la tendencia es hablar lo menos posible y a expresarse cada vez más por medio de lo escrito.

Se trata de “llevar el habla a lo escrito, pero en un formato oral”, señala Balaguer, quien además ejerce su profesión en la Universidad Católica y el St Patrick’s College.

En otras palabras, se escribe como se habla. Una prueba simple es que para los adolescentes chatear es sinónimo de hablar, mientras que para los adultos, es escribir.
Es una lógica un poco perversa, porque en la medida que la tecnología ofrece cada vez más sostén social, se hace menos necesaria la compañía de los padres”

Según el autor, es la ausencia de una generación de padres la que pauta la relación de los jóvenes con la tecnología y en parte la justifica. Es una cuestión casi matemática: pasan más horas frente a los dispositivos digitales y menos con la familia.

“Es una lógica un poco perversa, porque en la medida que la tecnología ofrece cada vez más sostén social, se hace menos necesaria la compañía de los padres”, afirma Balaguer.

Trazar el límite a la hiperconexión natural de los jóvenes aparece como la forma de cortar con esa lógica. Pero no es tan fácil, admite el profesional, ya que a los padres –como él– esa conexión les resulta cómoda, porque saben que a sus hijos les divierte y porque muchas veces ni siquiera hay algo para ofrecerles a cambio. Por eso se produce el naufragio, cuenta el autor en el blog Cultura Digital.

Facebook, el túnel del tiempo


Ni los inmigrantes se han resistido a la magia de Facebook. Pero dan a esta herramienta un uso distinto al que le encontraron los jóvenes. En principio, los más “veteranos” usan la red social azul para reencontrarse. “Es como un túnel del tiempo hacia atrás”, compara Balaguer.

En cambio, los jóvenes explotan la red social para ampliar su capital social (hacer nuevos “amigos”), generar nuevos contactos o extender territorialmente los que ya tienen. Aún así, tienen algo en común y es que a través de esta y otras redes sociales generan y gestan su propio lugar en el mundo.

No hay viento que se lleve las palabras


Moverse en el mundo de internet implica también construir una identidad online. Cuidar los rastros que uno mismo deja en la red es vital, porque la red es un lugar donde no hay viento que borre las palabras. Ni las fotos, ni los videos.
Una vez que lo publicás en internet, lo privado pasa a ser público”

Lo que se dice en la web queda disponible en la web, donde coexisten pasado, frente y futuro. Allí todo puede ser descontextualizado, por eso publicar tiene que ser un acto consciente y meditado. “Una vez que lo publicás, lo privado pasa a ser público”. Basta con pulsar el enter.

Las fantasías futuristas cobran sentido en un mundo en el que los dispositivos digitales cumplen funciones de seguridad, sostén, amparo. Entonces, el dispositivo se excede a sí mismo y pasa a ser una suerte de “prótesis”.

Por ejemplo, hace quince años la vida normal transcurría sin el teléfono. Hoy, la conexión debe ser permanente, y llegar a la esquina de casa sin el celular obliga a dar vuelta a buscarlo. Hasta existe un nombre para eso y es nomobobia, el miedo a salir sin el celular. Depender de la tecnología es la nueva adicción.

La vida en 140 caracteres


El mundo digital atraviesa a las personas en tres dimensiones: espacial, temporal y vincular. En el tiempo, nos hace ser más veloces, ya que cada vez hay menos tiempo y más cosas para hacer. Hay que sintetizar. Los 140 caracteres de un tuit se internalizan en todas las cosas, incluso en las relaciones con los demás.

Esta regla ya no es necesaria, porque tampoco es necesario llamar a una casa. La comunicación ya no es de casa a casa, sino de persona a persona, las 24 horas.

Instantaneidad, saturación y posibilidad sincrónica son sellos de esta nueva matriz. Los jóvenes prefieren chatear a enviar un mail: “Tengo la pregunta, quiero la respuesta y la quiero ya”, es el mecanismo subyacente.

El autor explica que las consecuencias que tienen los encuentros en la red no son virtuales, sino reales. El error está en confundir virtualidad con irrealidad.

Donde nunca hay silencio


En esta nueva matriz cultural no hay silencio. Hay una cacofonía permanente y eso hace que se tenga mucha menos interioridad”

La soledad se vuelve temida a la vez que codiciada, por la mera lógica de la economía: es un bien escaso. La posibilidad de conexión permanente anula los pocos momentos de soledad que restan en el día: “En esta nueva matriz cultural no hay silencio. Hay una cacofonía permanente y eso hace que se tenga mucha menos interioridad”, dice Balaguer.

El psicólogo se convence de que todo cambio trae pérdidas y ganancias. Son las dos caras del avance y todo depende de quién lo mire.

El tecnofóbico dirá que las pérdidas son más elocuentes, que generan aislamiento, que se pierde la capacidad de empatía en los contactos. El tecnofílico verá en las ganancias la fórmula para llegar más lejos, hacer más. En ir más lejos y alejarse está la diferencia.

 


El iPad del Papa


En el video Papa iPad queda en evidencia la distancia entre la generación digital, encarnada en el niño de 2 años, Isaac Martin, y la analógica, representada por el Papa Benedicto XVI, de 85.


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