Los barcos robot que investigan los océanos

Las naves se utilizan para recabar datos científicos
Dos veleros robots recorren rutas por toda la violenta superficie del mar de Bering, frente a las costas de Alaska. Los barcos están contando peces –abadejos, para ser precisos– con una elegante versión del sonar que podría estar instalado en un barco para pescar lubina.

A unos 4.000 kilómetros de distancia, Richard Jenkins, un ingeniero mecánico, está rastreando los veleros robot en una enorme pantalla, en un viejo hangar que solía ser parte de la Estación Aérea Naval Alameda. Ahora el hangar es el centro de comando de una pequeña compañía llamada Saildrone.

Son al menos unas 20 compañías de Silicon Valley las que están persiguiendo el sueño del coche que se conduzca solo. Sin embargo, los barcos que navegan solos ya son un negocio real.

"Podemos decir cuál es el tamaño de los peces que se están comiendo y por qué van ahí", dijo Jenkins, el director ejecutivo y cofundador de la compañía.

En el verano, los barcos recorren las partes donde la capa de hielo se está retrayendo en el Ártico, lo cual les dio a los científicos una cantidad de información detallada sobre la temperatura, la salinidad y los ecosistemas que habría resultado difícil y cara de obtener en persona.

Los veleros autónomos de Saildrone se parecen un poco a los yates de carreras, pero encogidos: trimaranes pequeños con velas duras de fibra de carbono.

La vela de fibra de carbono de Saildrone funciona como el ala de un avión. Cuando el aire le pasa por encima, se genera un empujón. A la vela la estabiliza un contrapeso colocado frente a ella y una lengüeta que la sigue puede hacer pequeñas correcciones en forma automática para asegurar que mantenga un ángulo eficiente respecto del viento. Debajo del barco se encuentran un timón para ayudar en la navegación y una quilla que endereza al navío, si se voltea.

La gran diferencia, claro, es que no hay marineros a bordo. Los barcos se controlan a través de comunicaciones satelitales desde el centro de operaciones en Alameda, mientras recopilan datos oceanográficos, y monitorean las escuelas de peces y el ambiente.

Es posible que algún día se utilicen para el pronóstico del tiempo, para operaciones oceánicas de las industrias del petróleo y el gas, o, incluso, para vigilar la pesca ilegal.

Jenkins tiene una visión mucho más grandiosa. Él cree que la pieza que falta en el rompecabezas para comprender las consecuencias del calentamiento mundial en forma definitiva es los datos científicos.
Él imagina una flotilla de miles y hasta decenas de miles de sus veleros de siete metros para crear una red de sensores en los océanos de todo el mundo.

Es decir, si alguien está dispuesto a pagar por todo eso. Los científicos, pescadores comerciales y pronosticadores del tiempo pagan una cuota de US$ 2.500 diarios por barco para tener los datos que producen.

El año pasado, en un experimento, uno de los navíos de Saildrone llegó desde Alameda hasta el Ecuador en 42 días, recopilando una riqueza de datos de la superficie oceánica en el camino. Una embarcación de investigación científica con una enorme tripulación iría más rápido, pero costaría unos US$ 80 mil diarios.

Fuente: John Markoff - The New York Times

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