Lo que la escuela de verano en la Antártida le dejó a la ciencia uruguaya

Investigaciones, fotos y hasta un documental del continente blanco se destacan en las Jornadas de la Sociedad Uruguaya de Biociencias, que se desarrollan desde el viernes
Los vecinos de Piriápolis estuvieron más cerca de la Antártida este fin de semana y no precisamente por el frío. Es que desde este viernes más de 500 personas se acercaron a las Jornadas de la Sociedad Uruguaya de Biociencias, en las que se estrenó un documental sobre la experiencia de los alumnos y profesores que viajaron al continente blanco en febrero de este año en el marco de la Escuela de Verano de Introducción a la Investigación Antártica.

Lo que está pasando este fin de semana en el Hotel Argentino de Piriápolis no se reduce solamente a las vivencias de los uruguayos en la Antártida. Durante los tres días que duró el encuentro (que termina hoy de tarde) se presentaron más de 130 investigaciones de diversas áreas, como ciencias cognitivas, genética y zoología.

Sin embargo, entre ellas, la Antártida tuvo su espacio de destaque. Además del documental, realizado por Patxi Jaso –un alumno de la licenciatura en biología que está interesado en dedicarse al cine documental–, hubo una exposición de fotografías, obra de varios de los que participaron de la escuela. Uno de los fotógrafos fue el decano de la Facultad de Ciencias, Juan Cristina. Además, se presentaron investigaciones de áreas tan distintas como la cronobiología, la conservación de los alimentos y los efectos del cambio climático, todos con la Antártida como denominador común.

Para Cristina, estos estudios son una prueba que las visitas al continente antártico no fueron solamente “por la aventura” sino que “van mucho más allá”. Cristina resaltó cómo la influencia de los cambios que está sufriendo ese extremo del globo influyen directamente en el resto del mundo y serán determinantes para las próximas generaciones. Una de las investigaciones resultantes de este viaje, por ejemplo, habla sobre los hábitos de sueño de los jóvenes que viajaron.

Investigando a los alumnos


Antes, durante y después de viajar al continente blanco, los estudiantes se sometieron a un estudio que buscaba analizar el impacto de los factores ambientales en su fisiología. Uno de los aspectos estudiados fue el sueño. Para ello, registraron sus hábitos para comprobar si las horas de luz influían en su reloj biológico.

Los investigadores, entre quienes estaba la doctora en biología Ana Silva, querían descubrir si el cambio de un lugar cálido, como es Uruguay en febrero, a un clima de dos grados bajo cero junto con las 20 horas de sol que tenían en la Antártida influían en los hábitos y horarios de sueño de los estudiantes.

Silva explicó que la investigación involucró un cambio de enfoque dentro de la cronobiología, la disciplina que estudia los ritmos biológicos. Antes, señaló, se buscaba estudiar a los seres vivos en condiciones artificiales y en esta investigación se estudió a humanos en un ambiente natural, sin modificar sus hábitos. Ellos simplemente registraban lo que les ocurría.

Los investigadores no pudieron concluir sobre aquello que se plantearon inicialmente porque hubo un obstáculo: la rígida rutina militar que la base antártica les impuso a los estudiantes. Esto transformó sus hábitos de sueño de forma radical y no como consecuencia de las horas de luz en la Antártida.

Sin embargo, los descubrimientos y las puertas que se les abrieron fueron más interesantes. Gracias a los registros, se descubrió antes de embarcarse en el viaje, el cambio de horas de sueño de los alumnos entre los días hábiles y los fines de semana (generalmente días de trabajo y de descanso, respectivamente) era equivalente a la descompensación horaria que causaría a un uruguayo un viaje a Japón, país con el que hay 12 horas de diferencia.

“Estas discrepancias se asocian a problemas de salud”, explicó Silva. Insomnio, patologías del sueño, obesidad y adicciones son algunas de las consecuencias.

Una de las pistas que esto deja es la necesidad de estudiar los hábitos de sueño de la población, especialmente de los jóvenes. De confirmarse que este fenómeno ocurre en la mayoría, las implicancias podrían llegar incluso a las instituciones educativas. Por ejemplo, si los jóvenes se desenvuelven y sienten mejor durante la noche, ¿por qué no comenzar las clases más tarde?

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