Liberen a Shamu

La historia de cómo las "ballenas asesinas" pasaron a ser las protagonistas de acrobacias en parques de diversiones
Ted Griffin tuvo una visión. Estaba parado sobre el lustroso lomo blanco y negro de una orca, cortando la espuma de mar, en esa difusa línea azul que divide el agua con el cielo. Pero lo que empezó como un sueño, se convirtió en un plan. Aunque al resto del mundo le pareciera una locura.

Hasta que Griffin creó el primer espectáculo marítimo de Estados Unidos hace 50 años, las criaturas acuáticas eran algo temible. Las "ballenas asesinas" (que, en verdad, pertenecen a la familia de los delfines) eran animales respetados, pues eran vistos como una amenaza fatal.

Los pescadores a veces les disparaban porque interferían con su trabajo. Quienes buceaban aprendían que las ballenas atacarían brutalmente a cualquier ser humano a su vista. Incluso un observador antiguo romano escribió: "Solo pueden ser adecuadamente representados o descritos como una enorme masa de carne armada con dientes salvajes".

Pero en junio de 1965, Griffin le compró una orca macho de 6,7 metros de largo a un grupo de pescadores que accidentalmente la habían capturado cerca de British Columbia, al Oeste de Canadá. Le costó US$ 8.000 y la victoria en una pulseada. La llamó "Namu".

Cuando varias semanas después Griffin consiguió "cabalgar" la orca, la criatura se convirtió en una celebridad. Las ballenas asesinas pasaron a ser un ícono adorable, un imperativo para la conservación y las estrellas inesperadas de un show que todos querían ver.

Medio siglo después, el lugar más famoso de ballenas asesinas en cautiverio, el parque de diversiones SeaWorld San Diego, anunció que eliminará los espectáculos con acrobacias con las que soñó Griffin.

La vida de Namu

La decisión de SeaWorld San Diego fue tomada por varios factores: la caída de las ganancias del parque, los desafíos regulatorios, las críticas generalizadas sobre el tratamiento de las ballenas en cautiverio (por no hablar de la ética del hecho en sí de tenerlas encerradas) y la influencia del muy eficaz documental Blackfish (2013), basado en la muerte tanto de entrenadores como de orcas. En vez del espectáculo Shamu, el parque creará una "experiencia" con las orcas más natural, una sin payasadas y acrobacias.

La medida no aplica a los otros 10 parques de SeaWorld en Estados Unidos, pero quizá sea una muestra de lo que sucederá. El público cada vez se siente más incómodo con los entrenadores de animales en general y con los espectáculos acuáticos de SeaWorld, plagados de animales enfermos y accidentes peligrosos o mortales con los adiestradores, en particular.

Para entender el presente de las últimas orcas acróbatas, alcanza con conocer lo que pasó con las primeras capturadas por Griffin.

Namu, arribó al puerto de Seattle en julio de 1965 con un alboroto sin precedentes. Investigadores, periodistas y cualquiera capaz de conseguir un barco remó hasta la jaula de acero de la ballena. Miles de espectadores se reunieron en puentes y muelles para ver al gigante blanco y negro que fue remolcado hasta el puerto. Namu apareció en la primera plana de todos los periódicos del noroeste del Pacífico y más. Apareció en camisetas, llaveros, tazas y libros para colorear que se vendían en el Acuario de Seattle, su nuevo hogar.

Shamu

Si bien Namu no era la primera orca en habitar el acuario, sí era pionera en participar de acrobacias. Lejos de su leyenda de asesinas, estos animales son juguetones, inteligentes e inusualmente susceptibles a soportar humanos sentados a horcajadas en sus lomos sujetándose de sus aletas dorsales. Griffin, su cuidador y entrenador, decía que amaba a Namu, a la que consideraba como su mascota.

Poco tiempo después, SeaWorld se acercó a Griffin en busca de una orca para sus instalaciones en San Diego. El entrenador les ofreció US$ 70 mil por una hembra joven. El parque quería también los derechos del nombre, pero terminaron acordando una combinación de she ("ella") con Namu: Shamu.
"Y así es como todo comenzó", contó Griffin. El "todo" hace referencia a varias décadas de captura agresiva de ballenas para llenar parques de diversiones y acuarios alrededor del mundo. Por ejemplo, en siete años, Griffin y su colega Don Goldsberry llegaron a cazar y vender unas 30 ballenas a precios de entre US$ 20 mil y US$ 25 mil. Se calcula que en ese tiempo detuvieron 10 veces esa cantidad y que el resto consiguieron escapar, fueron liberadas o murieron.

De hecho, la propia orca amada por Griffin, Namu, murió un año después de llegar a Seattle. Shamu, por su parte, vivió seis años en San Diego y llegó a morder a una entrenadora. La mujer recibió 200 puntos y el animal fue retirado del circuito actoral.

Desde entonces, muchas orcas en SeaWorld han sido bautizadas "Shamu" en honor a la originaria. Y como esta, muchas también fueron violentas. Según David Kirby, autor del libro Death at SeaWorld, el 15% de todas las orcas de dichos parques han estado involucradas en "actos de agresión serios" contra sus entrenadores.

Encierro y violencia

Los efectos de la cautividad en orcas es un tema aún muy debatido. A pesar de diversas denuncias de organizaciones de defensa de los animales, SeaWorld dice que las ballenas conectan a los humanos con la naturaleza y que el dinero obtenido en los parques se reinvierte en proteger a esta especie.

Más allá de los argumentos de SeaWorld, el público parece haber sacado sus propias conclusiones. El fallecimiento en 2010 de un querido entrenador provocada por una orca que ya había estado involucrada en otras dos muertes fue el foco central de Blackfish, el cual puso al público en contra de los espectáculos circenses con estos animales. Las ganancias de SeaWorld decayeron 84% desde que se estrenó el documental.

Griffin no se arrepiente de nada. No obstante, según la última entrevista que dio, en 1997, ya no se acerca a las orcas salvo con su bote. "Eso es porque sé lo que hacen las ballenas debajo del agua", dijo entonces. "Mi barco las sigue y yo viajo con ellas".

Fuente: The Washington Post