Juegos con finales imposibles

Los mejores títulos no suelen ser los más simples
No me hablés del Prince of Persia", me dijo mi amigo. "Partí al medio un teclado por culpa de ese juego", aclaró. Esta es la conclusión de muchos gamers sobre tal o cual juego, pero hay varios que fueron acumulando la misma opinión. Eran, en una palabra, imposibles. Y los años han demostrado su inmutabilidad.

Si bien es claro que un juego demasiado sencillo pronto se volverá aburrido y, por ende, impopular, la historia de los videojuegos ha encontrado varios ejemplos en los que la dificultad ha perdido límites y los resultados –finales imposibles, monstruos invencibles o injugabilidad pura y dura– han sido descorazonadores.

A continuación, una somera lista de aquellos que hasta el día de hoy –mediante la opción de desempolvar una vieja consola o acceder incluso a algún emulador online– siguen demostrando que, para juegos difíciles, todo pasado fue mejor. O peor, depende.

Splatterhouse (1988)

Protagonizado por un individuo armado con un machete y con una máscara de hockey, daba pie a ser llamado "el juego de Jason".

Pero no tenía que ver más allá de que terminarlo era tan difícil como salir vivo de Martes 13. Aquí, Rick moría en una casa embrujada, resucitaba con la máscara e intentaba rescatar a su novia.

Para ello debía abrirse paso a machetazos entre todo tipo de viscosos demonios, extremadamente efectivos a la hora de matar.

Este juego no solo pasó a la historia por su complejidad, sino también por su inusitado nivel de violencia para la época. Se vendía con la advertencia: "Este horripilante tema puede no ser apropiado para niños... o para cobardes".

Contra (1987)

En el año 2633, dos comandos –Bill y Lance– enfrentan a la malvada organización Red Falcon en su plan de conquistar el mundo.

Para ello, los héroes viajan a la isla que sirve de base a la organización y literalmente le disparan a todo lo que aparece en su camino. ¿El problema? Aparecen demasiadas cosas en ese camino. Y todo el mundo dispara.

Una sola bala alcanza para matar al jugador, lo que obliga a recomenzar el nivel. La única manera –esto es un secreto a voces– de completar el juego (en formato normal, con tres vidas) es utilizando el famoso código Konami. Una trampa, vamos.

Super Ghouls'n Ghosts (1991)

Este es juego memorable por un motivo: es un fraude; sobre todo si se jugaba en las maquinitas, ya que una ficha duraba pocos segundos.

El jugador da vida a Arthur, un caballero que lucha por rescatar a una princesa, pero la cosa no es fácil: el más mínimo toque de cualquiera de las cosas que aparecen adelante –fantasmas, esqueletos, trampas, etc.– lo deja en calzoncillos (literalmente, con corazoncitos).

El segundo toque es de muerte. Incluso hoy, con emulador que permite continues infinitos, es prácticamente imposible. Para rescatar a la princesa hace falta un brazalete del que nadie dice nada hasta el final.

Battletoads (1991)

Este califica tranquilo como el más difícil de todos los tiempos o al menos su legendario nivel "de las motos" en el que el estimativo promedio de vida era de ocho segundos.

Tres sapos antropomórficos, Rash, Zitz, y Pimple, en un contexto de naves espaciales y demás entornos ciencia ficción, tenían que vencer a una Bruja Oscura.

Si bien todo el juego era bastante complicado –saltos precisos imprescindibles para avanzar y enemigos durísimos–, eran sus míticas motos (y que aparecían en el tercer nivel) lo que le dan hasta el día de hoy el calificativo de "interminable".

No debe haber juego que haya hecho abandonar a más jugadores en un nivel tan temprano como este. Ah, obviamente, es uno de esos juegos que no se salvaba. Solo ofrecía tres continues, y esa tercera muerte obligaba a recomenzar.

Prince of Persia (1989)

Mi archienemigo personal. El juego que más dolores de cabeza me ha dado. Una hermosura de diseño: la Persia del título estaba representada en una banda sonora y unos decorados que aún hoy se destacan a pesar de su antigüedad.

Además, es muy expresivo en sus movimientos, peleas y saltos. Pero también es uno de los mayores enemigos de la paciencia del jugador más virtuoso.

La historia del príncipe en cuestión, quien debía escapar en menos de una hora de las mazmorras del palacio y salvar a la hija del sultán de las garras del malvado Jaffar (sí, como el de Aladdin), se ve continuamente interrumpida por caídas al vacío, estacas que salen del piso y que matan en el acto o guardias armados con alfanjes y bien deseosos de usarlos.

Como muestra de la dificultad de este juego, alcanza con googlearlo para encontrar numerosas páginas que se dedican a dar consejos para superar los niveles.

Y aunque aquí si se puede reiniciar infinitamente, siempre se hace del inicio del nivel donde se ha muerto y, además, los 60 minutos siguen corriendo desde el principio.

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Rodolfo Santullo