Internet de las cosas

La red sigue expandiéndose, esta vez a todos los objetos, lo que les permitirá comunicarse entre ellos y con el entorno. Por ahora solo 1% de los aparatos están conectados, pero ¿cómo viviremos cuando el lavarropas sea capaz de reportar que está roto directamente al servicio técnico?
La fantasía de levantarse por la mañana y que una máquina nos prepare un café con leche y tostadas, abra las persianas de la casa, nos vista y nos ponga el periódico en la mesa ha sido recurrente en la historia reciente de la humanidad. Basta recordar los numerosos ejemplos de la televisión y el cine.

Normalmente, este proceso se lograba mediante un ingenioso sistema de poleas y pesos que se activaban cuando sonaba el despertador o cuando el inventor de turno se levantaba de su cama.

Desde hace una década esperamos que en cualquier momento aparezcan los autos, las casas, la ropa y los electrodomésticos inteligentes, todos funcionando interconectados. Y, como suele suceder cuando este tipo de ilusiones se tornan realidad, resultan ser mucho más sofisticadas que sus versiones imaginarias.

Ese momento ya casi está acá y tiene un nombre poético: internet de las cosas (the internet of things en su origen anglosajón), una tecnología que puede cambiar profundamente la manera en la que nos relacionamos con nuestro entorno.

El murmullo de los objetos


Con el internet de las cosas, los objetos desarrollarán su propia inteligencia y hablarán entre ellos, es decir, podrán comunicarse con otros objetos y su entorno mediante microchips conectados a la red.

Hoy en día, las personas somos los mayores generadores de datos de internet, pero con todos los objetos conectados el mundo físico se convertirá en un gran sistema de información. Según el último informe de la empresa Cisco Systems, actualmente hay 14.000 millones de dispositivos enchufados a la red, pero en 2020 esta cantidad se habrá multiplicado por cuatro o cinco. Esto significa que por cada habitante del planeta habrá más de seis “cosas” conectadas a internet.

Actuando al unísono, todos estos objetos generarán una “inteligencia ambiental” de la que las empresas y personas se podrán beneficiar.

La sabiduría de las cosas


Supongamos que tenemos una reunión a primera hora de la mañana, que se ha aplazado 45 minutos. Subida la información a la agenda compartida, nuestro despertador cambiará automáticamente, dejándonos dormir 45 minutos más, y nuestro auto empezará a calentar el motor, medio congelado por el frío, un buen rato después de lo previsto. Esto sucederá siempre que no haya ocurrido un accidente en la carretera de camino a la oficina, lo cual sería reportado a nuestro sistema de dispositivos, que se coordinarían nuevamente para dejarnos dormir 30 minutos más (en lugar de los iniciales 45), considerando que el accidente nos demoraría 15 minutos para llegar al trabajo a tiempo.

Otro ejemplo: un lavarropas inteligente detecta una pérdida de agua en el sistema y avisa al servicio de reparación. De esta forma el técnico llegará con las piezas y las herramientas que necesita, ahorrándonos así tiempo y dinero.

Pero internet de las cosas no correrá solamente en los aparatos electrónicos. Desde 2011, una start-up alemana llamada Sparked está usando sensores en el ganado, de modo que cuando una vaca está enferma o preñada, el sensor envía un mensaje al granjero. Al final del año, cada vaca habrá transmitido un total de 200 MB de información.

No solo se podrá monitorear la salud animal con pequeños sensores. Varios proyectos están experimentando con la posibilidad de conectar a los pacientes a internet, para así monitorear sus niveles de azúcar en sangre, la tensión arterial o el ritmo cardíaco. De este modo, el usuario se ahorrará muchas visitas al doctor y, además, podrá prevenir en tiempo real y a distancia posibles enfermedades.

Internet de las cosas también podrá ayudar a una persona mayor, para que no olvide tomar su medicina, por ejemplo, habilitando la caja de pastillas a que envíe un mensaje de texto avisándole al cuidador o familiar más cercano.

Rozando la ciencia ficción


Según Jordi Palet, CEO de la empresa española Consulintel y experto en IPV6, internet de las cosas podrá detectar nuestro estado de ánimo y cansancio para seleccionar la música más apropiada o incluso será capaz de proponer los ingredientes de la cena según la actividad y consumo calórico del día.

Más allá de soluciones individuales, esta hiperconectividad podrá facilitar mucho la gestión. Una de las líneas de investigación más potentes en este ámbito es la de las ciudades inteligentes (smart cities). Hoy en día, los gobiernos no conocen ni el 5% de la información que sus ciudadanos generan. Si pudieran tener acceso al 95% de la información restante, los problemas relacionados con los embotellamientos, el estacionamiento, las colas para hacer trámites estatales, el despilfarro energético o la gestión de residuos serían mucho más fáciles de solucionar.

Justo ahora


¿Por qué esto no pudo suceder hasta ahora? De acuerdo al semanario The Economist, internet de las cosas será una realidad desde este 2013 por tres razones, principalmente.

En primer lugar, para que cualquier dispositivo pueda transmitir datos a través de internet, necesita una dirección IP (sigla de Internet Protocol), una serie única de números que identifican al aparato y le permite transmitir datos por la red. En un principio lo tuvieron nuestras computadoras de escritorio y, más adelante, las laptops, smartphones, tabletas y demás aparatos que hoy nos permiten navegar por la web. Ahora, para que todo lo que nos rodea (incluidos tenedores, tazas, cortinas, bombitas de luz, bosques, océanos o montañas) pueda conectarse a la red, se necesitan millones de millones de direcciones IP prontas para ser asignadas.

Cuando internet empezó a popularizarse en la década de 1980, se lanzaron 4.000 millones de direcciones IP con el protocolo IPv4, las cuales empezaron a escasear a finales de 2011. Con la migración al protocolo IPv6 que empezó en junio de 2012, la cantidad de direcciones disponibles aumentó a 340 trillones, de trillones (es decir, 340 seguido de 36 ceros). Esto debería permitir conectar cada uno de los objetos que nos rodean durante los próximos dos siglos.

La segunda limitante superada es el ancho de banda. La popularización de smartphones y tabletas ha provocado una explosión de datos tan grande que superó la capacidad de la anterior conexión wireless, la 3G. Hasta que se empezaron a instalar las primeras redes 4G, el año pasado, todos los datos generados eran difícilmente asimilables y el funcionamiento de los dispositivos se veía limitado por su capacidad de conexión.

El anterior escenario estaba saturado y no podía soportar que millones de objetos sumaran presión a las líneas. Por eso, a medida que se expanda el 4G, internet de las cosas será posible.

La tercera restricción es el costo de almacenamiento de todos los datos que estos objetos crearán. Hace un par de años, esto habría implicado una inversión económica imposible de asumir, pero con los numerosos servicios de almacenamiento de información en la nube que han surgido (Drive, Dropbox, SkyDrive, Mega, etc.) esto ya no será así.

No es futuro todo lo que se conecta


Según datos de Cisco, actualmente menos de 1% de los objetos están conectados a internet. Conectar el 99% restante es un enorme y complejo desafío.

Para empezar, hay que culminar la transición al protocolo IPv6, que según los especialistas, está siendo más lenta de lo deseado. Estos problemas de implantación del nuevo protocolo impiden a su vez garantizar la seguridad de internet en todo su recorrido, algo sumamente delicado si consideramos que muchos de los datos que se transmitirán estarán ligados a nuestra vida íntima y cotidiana.

Así, internet de las cosas abre un nuevo debate respecto a la privacidad, la seguridad, la ética y la gobernanza, todos temas que recién están empezando a ser discutidos. De hecho, todavía están por adoptarse las normativas a nivel industrial.

La Comisión Europea ha discutido estos temas desde abril de 2012, y anunciará sus recomendaciones en julio. El avance en este sentido es desigual: en Shanghái ya se han realizado varios acuerdos, mientras que en Estados Unidos recién están empezando, por ejemplo.

Sea como sea, todo apunta a que en el mediano plazo internet estará en todas partes. Las ventajas crecerán exponencialmente, del mismo modo que también lo harán los costos y los problemas de seguridad.

 


Ya están funcionando


Championes

En 2012, Nike anunció el lanzamiento de una línea que integra tecnología digital en sus zapatillas deportivas. Los championes Nike+ tanto para básquetbol como para fitness permiten a profesionales y aficionados monitorear su desarrollo deportivo, equipando la suela con un sensor de presión que recoge datos y los envía al smartphone. De este modo, el deportista puede acceder a una información que antes solamente estaba disponible en laboratorios de investigación y, si quiere, tiene la opción de compartir los resultados en las redes sociales.

Estacionamientos

En muchas ciudades conseguir estacionamiento es una verdadera pesadilla. Para facilitar la vida de sus ciudadanos, San Francisco ha conectado sus parquímetros a internet, de modo que los conductores puedan ver en sus dispositivos móviles dónde hay espacio libre sin tener que probar suerte dando infinitas vueltas sobre las mismas cuadras.

Cerradura de la puerta

¿Cuántas veces al salir de casa nos hemos preguntado si dejamos la puerta bien cerrada? ¿Y cuántas veces la inquietud ha sido tan grande que hemos tenido que retroceder varias cuadras para comprobar que, efectivamente, nuestra casa estaba a buen recaudo? El sistema diseñado por Schlage LiNK, una empresa especializada en seguridad del hogar, conecta la cerradura de la puerta a internet y garantiza que el propietario o inquilino la cierre o la abra remotamente a través de cualquier dispositivo. Y, por ende, sepa si está asegurada o no.


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