Encontrado un nuevo interruptor que desencadena la depresión

Un nuevo estudio ha identificado en ratones el papel clave de una proteína en los procesos biológicos que se dan en una zona del cerebro asociados a la depresión. El hallazgo podría ayudar a desarrollar nuevos fármacos en el futuro
La depresión afecta a unos 350 millones de personas en el mundo. Sin embargo, el conocimiento que se tiene sobre el puzzle de mecanismos biológicos que la provocan, es muy precario. Los fármacos que se utilizan para tratarla actúan, un poco a ciegas, sobre una serie de interruptores del cerebro que regulan el funcionamiento de los neurotransmisores (como la serotonina o la noradrenalina), sustancias responsables de nuestro estado de ánimo. Pero las piezas que se tienen del rompecabezas son pocas, y este tipo de fármacos solo funcionan en dos terceras partes de los pacientes.

Un nuevo estudio, publicado el jueves en la revista Science, revela el hallazgo de un nuevo interruptor molecular que activa los síntomas de la depresión en ratones. Se trata de una proteína, cuya presencia en una zona concreta del cerebro pone en marcha una serie de procesos bioquímicos que desencadenan los síntomas depresivos.

En esta zona del cerebro, llamada habénula lateral, los científicos ya habían identificado una actividad neuronal especialmente alta en pacientes deprimidos, aunque no se sabía qué proceso molecular la desencadenaba. A partir de una serie de observaciones, los investigadores de la Academia de Ciencias de Shangai han descubierto que el desencadenante es la proteína CaMKII, que está presente en esta zona en una cantidad dos veces mayor en pacientes deprimidos que en pacientes sanos.

Menor interés por estímulos placenteros


Mediante una serie de experimentos, los investigadores forzaron la producción de esta proteína en el cerebro de los ratones, obteniendo como resultado la intensificación del rendimiento neuronal de esta área cerebral causando los síntomas de la depresión. Los animales en los que se promovió la producción de esta proteína dejaban de mostrar interés por el azúcar que los investigadores ponían a su alcance, y ponían menos empeño en defenderse ante un castigo, dos tipos de comportamiento vinculados con la depresión profunda.

De la misma manera, al bloquear la expresión de la proteína, los síntomas depresivos se invirtieron. “Este estudio ha localizado una nueva diana potencial sobre la que actuar para tratar la depresión”, explica Cecilio Álamo, catedrático de farmacología de la Universidad de Alcalá de Henares.

Aunque el traslado de los resultados obtenidos en modelos animales a la clínica no es nada sencillo y seguramente tarde años, se trata de “un primer paso para orientar la búsqueda de un nuevo fármaco que actúe sobre la regulación de la producción de esta proteína y que amplíe el marco de actuación de los antidepresivos”, añade Álamo. Las pruebas en modelos animales como los ratones constituyen un test básico por el que han pasado todos los fármacos antidepresivos que se utilizan en la actualidad.

Una pieza más del puzzle incompleto


“Este estudio aporta una pieza más al complejo puzzle que es la depresión, del que conocemos aproximadamente un 30%”, según Álamo, quien explica que siempre hay pacientes con los que el tratamiento no funciona, “porque en cada uno el fármaco está actuando sobre piezas distintas”. Cuantas más piezas se hallen, mayor posibilidad habrá de desarrollar fármacos que funcionen en un mayor número de pacientes, acertando en los interruptores moleculares apropiados. Aunque sigue quedando un 70% que se desconoce de esta enfermedad y que dificulta establecer claramente sus causas y los límites que la separan de otras enfermedades.

Tanto es así, que hay estudios que demuestran que cinco de las grandes enfermedades mentales (autismo, trastorno por déficit de atención e hiperactividad, trastorno bipolar, trastorno depresivo grave y esquizofrenia) comparten una serie de variaciones genéticas, lo que podría indicar que se trata de diferentes manifestaciones de un mismo proceso. Estas alteraciones comunes se dan en dos genes que regulan los niveles de calcio de las células del cerebro. De hecho, la proteína CaMKII, también vinculada al calcio, está involucrada en procesos de señalización celular y es mediadora de los mecanismos de aprendizaje y memoria, y su mala regulación está relacionada también con la enfermedad de Alzheimer.

 

Vía Materia

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