El pizarrón mágico en clase

Esta pantalla interactiva es una herramienta novedosa que ayuda a motivar a los alumnos y fomenta el trabajo en equipo. En Uruguay, cada vez más instituciones educativas públicas y privadas la adquieren


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Yo, yo! ¡A mí!”, exclaman algunos niños en un coro disonante. Otros se tapan la boca y solamente levantan la mano. Es que ya saben que gritando no van a conseguir pasar al frente. Los alumnos de la clase de primero de escuela de Montevideo College tienen pizarrones interactivos desde abril y ya dominan la mayoría de las funciones básicas.

El proyector está colgado del techo y apunta directamente a la maestra, quien está parada delante del pizarrón. Esta estructura, que se parece a un pizarrón tradicional, recibe los toques de una pequeña lapicera que sirve de mouse para dirigir el cursor. Un toque con la lapicera en la pizarra equivaldría a un clic.

Lo que se ve proyectado es lo mismo que aparece en la computadora que está en el escritorio de la maestra. Los niños lo llaman “el fantasma” porque esta pantalla cobra vida mientras ellos trabajan en el pizarrón.

¿Para qué sirve?


Son muchas las cosas que se pueden hacer con estos dispositivos educativos. La función más elemental es escribir, tal como si fuera una pizarra de marcador o tiza. Se puede escribir “a pulso” o con un pequeño teclado. Además, se pueden dibujar formas como un sol o una nube para describir el clima, por ejemplo. Para los alumnos más avanzados, permite incluso usar un compás, cuadricular la pantalla y hacer cálculos, lo cual marca el fin de las horas docente gastadas en dibujos en el pizarrón. En el proyector también pueden verse imágenes y videos, como uno que la maestra de primero de Montevideo College, Mariana Stasi, usa con sus alumnos y que reproduce una coreografía que los niños copian.

No obstante, dos de las cualidades que hacen de la pizarra una herramienta didáctica útil son que toma capturas de pantalla del trabajo que se hace, lo que permite que los alumnos se lleven a sus casas el trabajo que realizan de manera grupal, y que se puede escribir sobre cualquier cosa que se proyecte y se puede guardar ese registro. Un ejemplo de este último uso es el que aplicaron los alumnos de primero con el cuerpo humano: primero hablaron de lo que a ellos les parecía que era y rellenaron una figura. Luego la contrastaron con la realidad.

“Hay muchos recursos para aprovechar y lo que tiene de bueno es que se puede compartir: se pueden hacer actividades y luego mostrárselas a otros docentes, grupos, padres y alumnos”, explica Stasi. Pero aprender a usarla fue todo un desafío y cambió varios aspectos de la dinámica de clase.

Para el docente, es todo un trabajo complementario. Según Stasi, “es un desafío porque hay que sacarle el jugo. Uno tiene que tener tiempo, ganas y empezar a explorar. No es tener la pantalla y ya está, el trabajo está hecho”.

El entusiasmo de estos niños de entre 6 y 7 años por utilizar la pizarra es abrumador. Saben qué herramienta usar para cada función y si en algún momento uno se olvida, no falta quien se lo sople bajito. Y si ninguno lo sabe, siempre está la maestra para guiarlos.

Cada vez más presente


Jorge Biatturi, director comercial de la empresa Vision Direct, que vende pizarras interactivas en Uruguay y Latinamérica desde hace 10 años, explica que las ventas han ido aumentando con los años. Según sus cálculos, se han vendido alrededor de 335 a instituciones educativas nacionales como Saint George, Elbio Fernández y Arnold Gesell, además de algunas escuelas públicas. También se usa en empresas para capacitación de personal o salas de reunión.

Patricia Caravelli, coordinadora de ciencias del colegio Saint George's, afirma que una de las actividades que desarrolla con sus alumnos es la lectura de libros entre todos, con audio incluido. Los alumnos pueden ver cómo las páginas se pasan de manera virtual y escuchan la narración en simultáneo.

“Es una herramienta que siempre sirve, brinda variedad, permite aproximarse al contenido de distintas maneras y a la vez hace que ellos incorporen habilidades tecnológicas”, sostiene Caravelli. Y agrega: “Es el lenguaje de ellos”.

Trabajo colectivo


En la pantalla hay un cuadrado grande, dividido en cien casillas. Detrás de cada una se esconden números ordenados del 1 al 100. El objetivo de pasar al pizarrón es descubrir dónde se encuentra el número que el juego indica. Básicamente, la dinámica consiste en que un escolar pasa al frente y los compañeros lo ayudan a contar las casillas para encontrar el cuadrado correcto, detrás del cual se encuentra un fuego artificial. Al final del juego, todos los aciertos se mostrarán en un espectáculo de luces.

Una de las ventajas que ambas docentes señalan tiene que ver con las tareas cooperativas. La pizarra es ideal para fomentar el trabajo en equipo en el pizarrón y, como es una novedad que permite actividades que se adaptan más a la realidad tecnológica de los niños, genera motivación. “La pizarra permite múltiples actores, por lo que se trabaja con una, dos, tres y hasta cuatro lapiceras al mismo tiempo. Si ellos tuvieran una laptop, igual necesitarían esto para poder hacer la puesta en común”, opina Stasi.

“Está en esa fila y es el último”, grita un compañero desde el fondo. La niña que está resolviendo el problema va directo a la casilla y encuentra el último de los números. Ahora, la clase estalla en celebración. Encontraron todos los fuegos artificiales: misión cumplida.

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