El hombre que amó a la ciencia

Hace 120 años nació el investigador Clemente Estable. Hoy el instituto nacional que lleva su nombre celebra su legado


En el Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable (IIBCE) vive un espíritu. Habita del patio interno a los laboratorios, en los profesionales y hasta en los animales que trabajan por la ciencia. Vive en el nombre del instituto, donde desde 1927 se desarrollan diversas investigaciones en el campo de la biología. Se trata de su fundador, Clemente Estable.

Hoy, el IIBCE y autoridades nacionales rinden homenaje a Estable a 120 años de su nacimiento, fecha que se enmarca en la Semana de la Ciencia y la Tecnología, que finaliza el domingo. Esto tiene mucho sentido, pues el investigador y maestro dedicó su larga vida (82 años) a reivindicar la importancia de la ciencia en la sociedad, en la educación y en la libertad de la mente. También realizó aportes importantes al estudio del sistema nervioso, a la investigación biológica en general y a la pedagogía.
El que sabe y el que puede está en deuda con el que no sabe y no puede”, dijo Estable

Varios documentos, un libro biográfico y personas que lo conocieron han ayudado a reconstruir la vida y obra de Estable, el noveno de 14 hermanos. Hijo de inmigrantes italianos, Estable nació en San Juan Bautista, un pequeño pueblo en Canelones. “No conoció en su niñez ni lujos ni holguras económicas”, escribió en la web del IIBCE el doctor Omar Trujillo-Cénoz, investigador emérito del instituto y uno de los discípulos de Estable.

Trujillo-Cénoz hablará de su maestro en el acto de hoy, al que también asistirá uno de los tres hijos de Estable. Este conversará con alumnos de las escuelas públicas de todo el país que llevan el nombre de su padre y que son una por departamento, adelantó el IIBCE.

Ciencia como forma de vida


Estable se graduó de maestro y completó sus estudios universitarios cursando materias extracurriculares en la Facultad de Medicina. Era, al decir de Trujillo-Cénoz, “autodidacta por vocación”.

Fue a los 19 años que eligió el camino de las Ciencias Naturales y se entregó a ellas. “Todo el hombre, todo el tiempo”, es una de las frases que sobreviven a Estable y que evoca su filosofía de la ciencia. Para él, las personas debían poder tener una vida digna trabajando de aquello que fuera su vocación.

Como maestro, buscó en los niños el “aprender a aprender”, y en los docentes el deber de enseñar: “El que sabe y el que puede está en deuda con el que no sabe y no puede”, dijo alguna vez. Por su trabajo y convicciones el Consejo de Enseñanza Primaria y Normal lo nombró Maestro de Conferencias. En ese marco promovió el Plan Estable (1930), para una formación integral.

De importación


Estable aseguraba que podía imitar el canto de las aves de su cielo natal. Este talento determinó, según Trujillo-Cénoz, uno de sus aportes más destacados a la labor científica: el estudio de las especies para buscar los modelos biológicos más adecuados, sobre los que investigar las funciones vitales.

En la década de 1920 obtuvo una beca por el gobierno español para completar su formación en Madrid. Así, fue como Estable ingresó en su juventud en el laboratorio de Santiago Ramón y Cajal, Premio Nobel de Medicina de 1906.

A partir de allí, se dedicó al estudio de la arquitectura del sistema nervioso central y periférico. De hecho, llegó a cuestionar a su mentor en un postulado sobre la sinapsis. Elaboró hipótesis originales vigentes hasta el día de hoy, en el campo de los mecanismos de transmisión del sistema nervioso y enfermedades neurodegenerativas.

A su regreso, puso en marcha el Laboratorio de Ciencias Biológicas, que más tarde sería el IIBCE. Según contó, la piedra fundamental de ese laboratorio fue su primer microscopio, que compró cuando ganaba $ 15 por mes.

Estable instauró en Uruguay el hasta entonces desconocido régimen de dedicación total del científico. En definitiva, introdujo la profesión del investigador, en un país que lo despidió en 1976 con honores propios de un ministro de Estado.

Pero las convicciones de Estable están llamadas a no desaparecer. Es que siempre habrá lugar para la ciencia, sobre todo en el instituto que continúa formando a investigadores con su espíritu.

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