El día en que fui rata de laboratorio

La experiencia de tener 37 electrodos conectados al cuero cabelludo para una investigación científica sobre el cerebro


La convocatoria era irresistible. Se trataba de un afiche con un zombie diciendo: “Necesitamos cerebros”. He entrevistado científicos, conocido voluntarios y presenciado trabajos con distintos animales de experimentación, pero jamás he tenido la oportunidad de ser sujeto de estudio de una investigación. Era mi oportunidad de saber qué se siente ser una rata de laboratorio.

El comunicado zombie provenía del Departamento de Neurociencias Integrativas y Computacionales del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable (Iibce). Después me enteraría de que el afiche había sido idea del propio autor del estudio, Diego Lombardo, quien está realizando este proyecto como parte de su maestría en neurociencias cognitivas. Según el licenciado en biología humana, como precisaba de 15 a 20 voluntarios en pleno enero, sintió la necesidad de ser más ingenioso para conseguir que tantas personas dedicaran al menos dos horas de su verano a la ciencia.

Las condiciones para participar del experimento eran un poco extrañas. Todos los sujetos debían ser diestros, no tener epilepsia ni tomar psicofármacos. Como yo cumplía con estas condiciones y el estudio no generaba dolor ni era peligroso para la salud, decidí postularme. Después comprobaría que la ausencia de consecuencias físicas no era del todo cierto.

Comunicación cerebral


El objetivo del experimento liderado por Lombardo es “develar cuáles son las redes neuronales involucradas en el uso de objetos en humanos”, explicó. Aunque para la mayoría resulte una acción inconsciente, distintas partes del cerebro se comunican entre sí al ver un martillo, un clavo, identificarlos y dar la orden de realizar la acción de martillar, por ejemplo.

El uso de herramientas es un comportamiento “muy primitivo del ser humano”, dijo Lombardo. Su funcionamiento dentro del cerebro, agregó, “es una pregunta histórica de la neurología, desde que hay heridos en las guerras” que pierden capacidades motoras. Sin embargo, todavía la ciencia no sabe cómo funciona internamente, “qué pasa en el cerebro en qué momento exacto”, detalló.

Para develar este misterio, Lombardo junto a otros investigadores del Departamento de Neurociencias diseñaron un experimento, su software y hasta la cabina psicofísica donde se desarrollaría. “Tenemos nuestro pequeño Tren Fantasma”, bromeó el médico, continuando con las metáforas tenebrosas.

Y no era para menos. La cabina era un cubo de cerca de un metro y medio de lado, hecho en chapa, pero forrado con madera por fuera y con tela negra por dentro. La misma encerraba una silla, un monitor, un teclado y dos mouse, todo entre cableríos envueltos en lo que parecía ser papel de aluminio. Pero lo más tenebroso en ese cubículo terminaría siendo yo.

Para medir la actividad eléctrica de la corteza cerebral, los investigadores utilizaron la técnica de la electroencefalografía. Esto implicó que, durante una hora, la licenciada en neurofisiología clínica Valentina Armand Ugón tomó medidas, marcó en rojo y finalmente pegó en determinados lugares de mi cuero cabelludo 37 electrodos. Para evitar movimientos, aseguró todos los extremos con cera y, a los del rostro, les agregó cinta. Por último, coronó mi look con una red blanca que abarcaba toda la cabeza.

Los coloridos cables de los electrodos iban conectados a un amplificador. Lo que hace, explicó Lombardo, es justamente “amplificar esa señal miles de veces, dado que las señales del cerebro son muy chicas, del orden de los microvoltios”. Luego, el equipo científico registra los datos y los procesa.

Martillo, clavo, martillo


Previo al experimento y tal como indica el decreto 379/008 sobre investigación en seres humanos, firmé un consentimiento libre e informado. Fue entonces que, lentamente por la cabeza hiperconectada, ingresé a la cabina.

El ejercicio era simple. En la pantalla aparecían distintas imágenes tomadas de forma cenital en blanco y negro. Las mismas mostraban diferentes duplas de seis elementos: martillo, destornillador, llave inglesa, clavo, cuchillo y tijera. Solo cuando un martillo y un clavo aparecían, debía imaginar un martillazo. Luego, al irse la imagen y aparecer la palabra: “Conteste”, tenía que hacer clic. Con las otras combinaciones de herramientas, debía esperar.

Si bien el test era simple, el desafío era superar el sueño que provocaba estar una hora sentada a oscuras, parpadeando y moviendo el cuerpo lo mínimo posible. El experimento incluía breves pausas y, de hecho, a la media hora el ejercicio cambiaba levemente, pero el cansancio provocado por el ejercicio repetitivo resultaba insoportable. Lombardo, que veía en vivo las señales de mi cerebro, tuvo que pedirme que intentara no quedarme dormida, algo que las gráficas estaban delatando.

Finalmente la hora de martillos imaginarios y clics terminó. Entonces me retiraron los electrodos y los investigadores me mostraron las señales de mi cerebro. A priori, las gráficas demostraban que no tengo epilepsia latente y que mi “alfa es de los más elevados del estudio”, un piropo exclusivo de los neurocientíficos. Tras procesar la información, los científicos podrán acercarse a conocer qué zonas del cerebro se encargan del uso de las herramientas.

Ángel Caputi, jefe del Departamento de Neurociencias Integrativas y Computacionales del Iibce y orientador de la maestría de Lombardo, explicó que, si bien esta investigación es ciencia básica, podría tener aplicaciones prácticas a futuro. Al conocer en qué lugar del cerebro se identifican los objetos y se da la orden de llevar a cabo una acción con ellos, se podrían crear prótesis robóticas conectadas al cerebro, por ejemplo.

Por lo pronto, tras esta experiencia, volvería a postularme como conejillo de Indias, aunque me asesoraría mejor. Si bien el experimento no me provocó problemas en la salud, dejó mi pelo hecho una bola de cera y nudos. El mito del cabello loco de los científicos, en mi caso, se hizo realidad.

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