Desde Arstotzka, con amor

"Papers, please": una distópica y adictiva ficción de frontera que hace pensar en el concepto de “juego”


Hace algunos días, un amigo experto en juegos independientes me comentó una inquietud que me repica hasta estos días. ¿Qué es un juego hoy en día? ¿Qué es lo que hay tras un juego que, en principio, no ofrece diversión a un nivel primario? ¿Por qué a ciertos gamers les interesan los juegos que permiten ser otra persona o entidad mucho más allá de las estrellas del deporte o los personajes de cómic?

Este es un punto de vista válido a tener en cuenta cuando uno se encuentra con un juego como Papers, please, que se consigue al módico precio de US$ 9,99 a través de plataformas como Steam, Humble Store o Gog. Reconocido en forma casi unánime como el juego independiente del año pasado, este raro artefacto creado por el estadounidense Lucas Pope tiene varias cuestiones que lo vuelven un tipo de entretenimiento muy particular.

Desde los pins con la hoz y el martillo hasta los bustos, pasando por las construcciones y hasta las tipografías, hay una suerte de fascinación perenne con la estética de los regímenes soviéticos. No es que aquí resida el núcleo que hace atrapante al juego aunque sí marca su encanto. Yendo al punto: Bienvenido a la república ficticia de Arstotzka, un sórdido país que vive los primeros días de la posguerra a comienzos de los años ochenta, con la apertura de un paso fronterizo.

Ahora bien, ¿cuál es el cometido aquí? ¿Ser un policía? ¿Mover ejércitos y defensas por si nos atacan? ¿Gestionar todo el borde? Nada de eso. El único trabajo disponible aquí es el de oficial de migraciones.

Así es: nuestra misión será examinar los papeles (pasaporte, visa, permiso de asilo, visa diplomática, etcétera) de todas las personas que acuden al paso fronterizo para acceder. Vienen de diferentes países y pueden lo mismo ser mafiosos, contrabandistas, terroristas, diplomáticos o trabajadores, ciudadanos que regresan u otros que piden asilo político. Todo aquí es rutina: sólo seguir en ella permitirá sobrevivir en el juego y no hay nada más. Habrá que chequear documentos y en ocasiones pedir impresiones dactilares o humillantes escaneos de cuerpo completo (hablamos de un estado opresor en serio) para detectar anomalías si el peso de quien ingresa no coincide con lo que encontramos o la cara del pasajero no es la de su pasaporte. Hay que ser cuidadoso y examinar todo con detenimiento, no sea cosa de que dejemos pasar al próximo hombre-bomba dispuesto a matar en el territorio.

El oficial de aduanas tiene un reducido espacio para examinar todos los papeles necesarios y deberá hacerlo rápido, ya que de eso depende su paga –cobra por ciudadano que entra al país- y lo que se espera es que pueda mantener a su familia en su departamento de clase 8 (la peor) y todo lo que allí se sume, como sobrinos que pierden a sus padres y demás. Será eso o la cárcel por ineptitud: la burocracia en un país como Artstotzka genera que nuestros superiores nos odien y estén con un ojo sobre nosotros y los problemas que nuestra impericia les puede ocasionar.

El entorno de Papers, please es distópico y deprimente en exceso. Y como buenos burócratas, desde nuestra posición el juego nos obligará ser pragmáticos y crueles si queremos que dure, porque ante nuestros ojos pasará la desesperación y la pobreza. En base a unos gráficos bien vintage, del estilo de los juegos de un diskette de los años ochenta en las viejas 286 o las arcaicas Amstrad, todo en Papers, please es feo y con velocidad uno captura con facilidad la sensación de desangelamiento de trabajar en semejante sitio.

El ritmo del juego es veloz y se suman más obstáculos y trampas: criminales prófugos, órdenes de cuarentena, rupturas de relaciones diplomáticas, periodistas y un largo etcétera. Si uno “procesa” menos personas, la paga es menor y se deberá comenzar a recortar gastos del hogar propio, con sus esperables consecuencias dentro de semejante país. Como siempre pasa en este tipo de posiciones, habrá oportunidades de ser menos obsecuentes con el régimen. Muchas veces incluso estaremos tentados a dejar de serlo: desde redes de espías que nos alientan a trabajar para ellos hasta delincuentuchos que nos pueden dejar algunos billetes que ayuden a pagar la calefacción a cambio de que los dejemos entrar. Aún así, hay que tener cuidado porque en estos estados, las paredes tienen varios pares de ojos y oídos.

Y además, las decisiones no son fáciles. ¿Qué tal dejar entrar a un tratante de blancas con papeles en regla pero que sabemos castigará a golpes a una de las chicas que recién ingresaron al país? ¿Pedimos su detención? Porque sus papeles están en regla y nos costará cinco créditos (esa es la moneda en el juego) de multa, los mismos que pueden definir que alimentes a tu familia esa noche o no. Muchos dilemas de ese estilo pasarán por el juego, cuya narrativa comienza a atrapar ni bien se está un rato en el puesto. Evidentemente, hay algo adictivo en eso de descubrir discordancias en los documentos y una sutil sensación de poder cuando estampamos el “aprobado” o “denegado” en los pasaportes de cada pasajero.

Política, moral, un burocrático régimen opresor. Una historia y un punto de vista. Y todo eso en un guión articulado con una interfaz simple. Así es Papers, please, posiblemente el juego más extraño al que jamás alguien se haya enganchado, cuyo éxito es una prueba de que el movimiento de videojuegos independientes se parece cada vez más al estallido del rock alternativo en los años noventa. Es válido esperar más cosas iguales de serias y de atrapantes.

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