Cultivar un homenaje sembrado

A 100 años de la muerte del botánico José Arechavaleta, se descubrirá una placa en su honor en el Museo y Jardín Botánico de Montevideo
"Para que una ciencia se aclimate a su país, es necesario que la cultiven sus propios hijos". Con esta frase, José Arechavaleta y Balparda (1832-1912) expresaba su apoyo a la investigación nacional y dejaba entrever a través del lenguaje su mayor pasión: la botánica.

Nacido en España pero radicado desde joven en Montevideo, Arechavaleta se graduó de farmacéutico, pero pasó a la historia como "naturalista, bacteriólogo, químico y educacionista", afirma el químico Antonio Peluffo en el libro Médicos uruguayos ejemplares. Homenaje al Hospital Maciel en su bicentenario (1788 - 1988), disponible en la web del Sindicato Médico del Uruguay.

Este viernes, a 100 años de la muerte del autor de El microscopio, Gramíneas uruguayas y Flora uruguaya, su mayor obra, se descubrirá una placa conmemorativa a las 11 horas en el Museo y Jardín Botánico (19 de Abril 1181). Por lo pronto, el Ministerio de Educación y Cultura (MEC) no comunicó qué sucederá si llueve a esa hora, tal como está anunciado.

Según informa el MEC en su sitio, luego de una "breve semblanza de este ilustre naturalista", se realizará "una charla de divulgación sobre su aporte a la botánica nacional".

Maestro de maestros


Además de investigador y docente, Arechavaleta fue director del Museo Nacional de Historia Natural desde los últimos años del siglo XIX hasta su muerte, donde creó la publicación Anales del Museo Nacional.

Sus trascendentes contribuciones durante la epidemia regional de cólera le valieron el título del "primer bacteriólogo de América del Sur". A su vez, creó en la entonces Escuela de Medicina el Laboratorio de Bacteriología e Histología Patológica, los inicios de lo que hoy es el Instituto de Higiene.

"Fue en su vida profesional y científica un hombre de talento vivaz, sabio modesto y sencillo hasta la bohemia; quizás esto mismo contribuyó a que sus relevantes dotes quedaran ignoradas por muchos y por otros olvidadas; viviendo siempre una vida de trabajo y de abnegación dentro de la más estricta probidad científica", dice sobre él el libro Médicos uruguayos ejemplares.

Y agrega: "Se dijo de él que era maestro de maestros, no solo porque fueron sus discípulos muchos de los que después honraron la ciencia uruguaya, sino porque supo transmitirles su propia fe y entusiasmo en el estudio que enaltece y perfecciona".

 


Sombra de toro


Para demostrar cómo, a pesar de ser español, Arechavaleta se llegó a identificar con Uruguay, el libro Médicos uruguayos ejemplares narra la siguiente anécdota: "En cierta ocasión se consultó a Arechavaleta acerca de la posibilidad de elegir una planta indígena para sustituir, en la heráldica oficial, al roble y al laurel que, a pesar de su clasicismo, tenían el defecto de ser exóticos. Propuso, sin vacilar, la 'sombra de toro', que en el lenguaje técnico se denomina Iodina rombifolia por la forma romboidal de sus hojas".

Y continúa: "Es evidente que para el desamorado de nuestro suelo y con más razón para el extranjero habituado a la majestad del roble y al recuerdo clásico del laurel nada dice la 'sombra de toro'. Para nosotros, uruguayos, ese árbol de aspecto achaparrado, con sus brillantes hojas verdes erizadas de agudas espinas, fiero y ceñudo como recogido en sí mismo, es la fiel imagen del aborígen que defendió su suelo hasta desaparecer el último vestigio de la raza".


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