Crónicas de una pasajera

Uber ha cosechado manifestaciones de amor y odio en más de 350 ciudades; una usuaria cuenta cómo funciona y por qué se ha transformado en su aplicación de transporte indispensable
La primera vez que oí hablar de Uber estaba en un pub en Berkeley, California, a unos 20 minutos de San Francisco. Me había mudado una semana antes para estudiar por dos años, así que presté atención. Sabía que todo lo que en ese entonces me parecía novedoso pronto dejaría lugar a las certezas típicas de locataria. Eso fue lo que pasó con esta aplicación móvil de transporte urbano, que pronto llegará a Uruguay y ya usé más de 50 veces.

Como app, Uber es fácil de usar: tap en el ícono gris en la pantalla del celular; tap en "Pedir Uber" y listo. Por GPS sabe la dirección donde estoy. La app también marca el recorrido en tiempo real, avisa cuánto tiempo falta para llegar a destino y permite conectar la cuenta a la aplicación de música en streaming Spotify. La tarifa mínima varía, pero ronda los US$ 7 o $ 210. En el Área de la Bahía, donde está Berkeley, eso es bastante barato, sobre todo si se tiene en cuenta que los taxis cuestan cerca del triple.

La primera vez, Uber me despertó suspicacias. Primero, porque no soy afín a enlazar mi tarjeta de crédito o débito con nada que no se haya ganado mi confianza. Cuando se crea un perfil en Uber, uno de los primeros pasos es sacarle una foto a la tarjeta para que se carguen los viajes de forma automática. Segundo, porque a medianoche en una ciudad desconocida nada que implique un extraño parece buena idea. Pero en Berkeley después de las 10 de la noche, los ómnibus empiezan a dejar de pasar y no hay muchas opciones. Sin auto disponible y sin bicicleta decidí darle a Uber una oportunidad.

Me acuerdo de haber seguido con paranoia el recorrido en el mapa de mi celular, convencida de que el conductor se desviaría y vaya uno a saber qué pasaba después. Pero no lo hizo y a partir de esa noche Uber es una de mis aplicaciones indispensables.

Historias al volante

Uber no es solo una aplicación; tampoco es solo un gigante de la tecnología móvil y de la geo-localización. Uber es gente. Los conductores son una fuente de historias mínimas que no me canso de escuchar.

Conocí a un hombre que además trabajaba en la compañía aérea American Airlines. Estaba juntando dinero para ir a Nepal a visitar a su madre. Otra vez me llevó un veterano de guerra que estaba orgulloso porque un amigo en el New York Times pensaba incluirlo en un libro. El día de Halloween me pasó a buscar un conductor que venía de Richmond, que había comprado caramelos y otras golosinas para agasajar a sus pasajeros.

En una ocasión en San Diego, conocí a una señora de unos 55 años que no podía disimular su orgullo: solo faltaba que el menor de sus cuatro hijos ingresara a la universidad. Sabía exactamente cuántos viajes tenía que hacer por no sé cuántas noches para lograr su meta.

Uno de los últimos Uber que tomé este año antes de viajar por el verano boreal era manejado por un sirio que me preguntó de dónde era. Cuando le dije que era uruguaya, me contó emocionado que en Siria mucha gente toma mate. Me describió la forma en que lo preparan y cómo lo toman con agua caliente, como nosotros.

Hasta ahora no he tenido ninguna mala experiencia con Uber, aunque he tenido épocas en que intento evitarlo. Después de que una mujer fue "raptada" por un chofer en San Francisco durante un par de horas, me enteré de otros casos de violencia relacionados con conductores. El debate en torno a si la empresa invierte en investigar los antecedentes de los choferes estaba en boga y no quise seguir arriesgándome. Pero el miedo no duró mucho.

Fanáticos y detractores

Uber es un gigante que se viene comiendo el mundo, donde ha cosechado amor y odio en más de 350 ciudades. Entre quienes se le resisten e incluso entre algunos usuarios, tiene mala fama como corporación. O porque suele aumentar los precios en las horas pico, o porque sube las tarifas en aquellos barrios más peligrosos. Al mismo tiempo, Uber es venerado por los tecnológicos como ejemplo de una empresa que empezó como una pequeña startup y ahora coloniza ciudades a pasos agigantados, incluso cuando da pasos en falsos.

Uber es, sin dudas, el enemigo más temido de los taxistas, y, cuando llegue a Uruguay, tal vez muchos pasen por el mismo proceso que yo: una vez superada la desconfianza, la app se convierte en un servicio útil y muchas veces conveniente. Otras veces, pedir un Uber será una excusa cara para no agarrar la bici o correr el ómnibus. Algo así como un capricho.


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