A propósito de la muerte de Solitario George

Lecciones tras la extinción de la subespecie de tortugas que dan nombre a las Islas Galápagos
Y entonces no quedó ninguno. Solitario George, conocido mundialmente como la única tortuga sobreviviente de la Isla Pinta, falleció el domingo en las Islas Galápagos, posiblemente de insuficiencia cardíaca. Tenía unos 100 años.

Pudo haber sido la criatura más rara de la tierra, pero el destino de Solitario George ha sido lo común para la megafauna desde que los humanos llegaron. América fue alguna vez un paisaje surrealista de mamíferos gigantes, desde osos de cara corta del tamaño de una camioneta Ford Explorer hasta monstruosos lobos gigantes, pasando por perezosos más grandes que los elefantes de hoy en día.

Todos ellos desaparecieron de repente alrededor del año 10.000 antes de Cristo, no mucho después de las primeras personas que se cree que han hecho su camino desde Bering.

Algunos paleobiólogos culpan al cambio climático por la mortandad, ya que también coincidió con el final de la última Era de Hielo. Sin embargo, las extinciones han continuado a un ritmo rápido en todo el subsiguiente Holoceno, época en el que los seres humanos llegaron a dominar el mundo. Esto ha llevado al temor de que estemos en medio de la sexta gran extinción (la quinta fue hace 65 millones de años y participan los dinosaurios).

Hacia el mismo destino


La megafauna es una pequeña fracción de las miles de especies que desaparecen cada año, pero eso es porque no hubo muchos de ellos para empezar. De los que quedan, muchos se aferran a números pequeños.

Solitario George, quien sobrevivió a sus familiares por los últimos decenios, fue un ejemplo extremo. Su familia desapareció por acción de cabras salvajes, que demolieron la vegetación local después de que los seres humanos las llevaran a la isla.
Solo hay unos pocos cientos de tigres siberianos, menos de mil gorilas de montaña y unos pocos miles de rinocerontes negros

Pero solo hay unos pocos cientos de tigres siberianos, menos de mil gorilas de montaña y unos pocos miles de rinocerontes negros. De hecho, el rinoceronte negro occidental, una subespecie, fue declarado extinto el año pasado. Y si hay algún resto de baijis, también conocidos como delfines chinos de río, probablemente el número sea de un solo dígito.

Cuando las autoridades del Parque Nacional Galápagos vieron por primera vez a Solitario George en 1971, se llenaron de alegría, ya que se creía que su subespecie, Chelonoidis Abingdoni, estaba extinta. Durante décadas trataron de que se apareara con tortugas hembras de las islas vecinas, pero sin éxito.

Es tentador pensar que su subespecie podría haber subsistido si solo hubiera logrado reproducirse. Pero mientras los esfuerzos de conservación a veces pueden ayudar a especies en peligro, el caso de Solitario George es un recuerdo de que hay límites de lo que puede lograrse una vez que la población alcanza niveles críticos.

El baiji hoy puede ser o no tan solitario como George, pero es casi seguro que se dirige hacia el mismo destino.

El Arca de Noé


Algunos conservacionistas con visión a futuro han pedido a las Naciones Unidas que establezca un banco de ADN mundial para que los seres humanos puedan estudiar las criaturas, incluso después de que estén extintas. Esa es una idea sabia. Pero es una locura imaginar que algún día estos animales serán devueltos a vagar por la tierra, al estilo de Jurassic Park. Incluso si pudieran ser reintegrados, estarían entrando a hábitats diferentes de aquellos en los que evolucionaron y en números muy pequeños para sostener.

Para evitar un futuro en el que la megafauna sea una cosa del pasado, no se puede contar con un Arca de Noé llena de Solitarios George.

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